“En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia.”
En 1945, el escritor argentino Jorge Luis Borges publicó el que llegaría a ser uno de sus cuentos más conocidos, El Aleph. En él, su protagonista presencia, a través de una esfera, todo lo que está ocurriendo al mismo tiempo y en todos los lugares. Casi quinientos años antes, Dante Alighieri había escrito La Divina Comedia, en la que él experimenta el infierno, el purgatorio y el paraíso, guiado por su amor ideal, quien como en el cuento de Borges, se llama Beatriz. Un argumento podría hacerse de que Backrooms es, guardando las diferencias, el Aleph de mi generación.

Un concepto nacido de los creepypastas de internet a partir de una foto, la idea de los espacios liminales multiplicándose de forma infinita, con habitaciones iguales y contenidos variados, despierta una fascinación casi primitiva que ha obsesionado a miles de personas alrededor del mundo. Tanto, que un joven de 20 años llamado Kane Parsons filmó una serie de YouTube basada en ella, tan exitosa que A24, en colaboración con varias productoras, le ofreció la oportunidad de dirigir un proyecto.
Es 1990 en Santa Clara, California. Clark (Chiwetel Ejiofor, de The Life of Chuck) es el dueño de una tienda de muebles tan noventera que se llama The Ottoman Empire. Lucha contra su alcoholismo, sus sentimientos tras su divorcio y el hecho de que su negocio se está yendo a la quiebra. Y en ese proceso lo acompaña Mary (Renate Reinsve, de A Different Man), una terapeuta y autora especializada en ayudar a las personas a romper con los ciclos que no les permiten avanzar.
Una noche, Clark descubre un portal hacia los Backrooms en el sótano de su tienda, hecho que lo fascina y lo mueve a explorarlos durante los siguientes días. Es en medio de esa obsesión que nosotros, como audiencia, nos vemos sumergidos en ese ambiente que te envuelve a la vez que te asfixia, con su papel tapiz, alfombra anticuada, luces fluorescentes y sonidos perturbadores.

Backrooms ofrece un despliegue de talento en el que cada parte técnica contribuye a crear ese ambiente. Un diseño de sonido magistral que permite mover al espectador a sentir más allá de lo que se le enseña, construyendo la tensión necesaria para dar la sensación de que estamos ahí; no entendemos exactamente qué ocurre, pero algo definitivamente no está bien. La dirección de arte trabaja mano a mano para que la ubicación de los objetos y la forma en que estos interactúan con el espacio virtualmente infinito nos hagan sentir incómodos y confundidos.
A nivel actoral, tanto Ejiofor como Reinsve dan interpretaciones a la altura de la tarea, con gran expresividad y de manera auténtica. Reinsve, que parece venir en una racha generacional tras Sentimental Value y la próxima Fjord, transmite la brutal lucha interior que vive su personaje, Mary, sin necesidad de expresarla de forma verbal. Ejiofor, por su parte, encarna una personalidad herida y victimizada, que se preocupa más por buscar culpables en sus circunstancias que por resolverlas.
Kane Parsons logra un debut directorial del que muy pocas personas en la industria pueden presumir. Más allá del éxito descomunal que ha representado la taquilla de la película, es gratificante ver cómo su visión, clara desde sus videos virales, se ve transmitida en una puesta en escena perturbadora a la vez que sugerente, con elementos psicológicos que entienden muy bien lo que desean que el espectador sienta.

Y pensando en ello, es increíble lograr tanto con una historia que no está ofreciendo mucho. No creo que Backrooms se enfoque en factores externos más que en su lore, lo cual ha sido una queja constante de las audiencias jóvenes que, aparentemente, esperaban un post de Reddit dramatizado, a la vez que algunos puristas del género se quedaron con ganas de un horror más sustentado. Yo, por mi parte, pienso que posee los elementos necesarios para construir un escenario con posibilidades casi infinitas. El marco es tan rico que opaca una historia quizá demasiado sencilla, pero necesaria para enfatizar los aspectos psicológicos del espacio protagonista.
En los últimos años, el terror se ha vuelto más sugerente. Más allá de entes sobrenaturales y monstruos grotescos, el verdadero horror se ha cristalizado en la intención humana. Esa capacidad para hacer daño, como lo hizo la tía Gladys en Weapons, está muy viva. Y habita entre nosotros.
Al final, todos veremos algo distinto en los Backrooms; parte de su popularidad viene de ello. Ochenta años atrás, Borges imaginaba bibliotecas y laberintos infinitos. En 2026, podemos encontrarnos frente a frente ante las excusas que ponemos para nuestro comportamiento, o los recuerdos que no podemos borrar. Sea lo que sea, es imposible ver este trabajo en pantalla y no sentir fascinación, perturbación y la sensación de que tienes más preguntas que respuestas.



