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Pixar, el estudio fundado por Steve Jobs que revolucionó la animación y nos regaló obras maestras, continúa la tendencia que la ha marcado en los últimos años: pasar de realizar películas para niños que toda la familia podía disfrutar, a que estas estén principalmanete dirigidas a sus padres.

Hoppers, su último proyecto, es una divertida comedia de corte medioambiental. Esto no es un ángulo nuevo: Wall-E es sobre un robot que se queda solo en el planeta tierra tras este quedar inhabitable, y Buscando a Nemo se enfoca en la conservación animal. Sin embargo, a diferencia de estos filmes, Hoppers toma un enfoque más atrevido y alocado, pero igualmente adorado. Solo hay que ver que cuenta con un 98% de aprobación en Rotten Tomatoes. No obstante, he visto comentarios de padres preocupados por cómo ciertos temas se presentan, sintiendo que la película está más dirigida a adolescentes y adultos que a niños. Esta última década, ese ha sido el estándar.

Mabel es una amante de los animales que, gracias a la ayuda de su abuela, logra conectar con la naturaleza y encuentra en ella una forma de calmar su ira. Pero al crecer y convertirse en estudiante universitaria, su enojo va dirigido al alcalde Jerry (a quien le da voz el magnífico John Hamm), quien quiere convertir lo que era un santuario de animales en el tramo de una carretera. Tras intentar todo lo que estaba en su poder, Mabel descubre una tecnología desarrollada en su universidad para “saltar” a la consciencia de un animal robótico, y de esta forma, decide convertirse en castora para, con su presencia, declarar la zona de construcción protegida.

Y sí, la primera vez que leí la trama pensé en lo rebuscada que sonaba. Elegir una historia en la que intercambias cuerpos con un castor suena a que no había más ideas sobre la mesa dispuestas a aprobarse. Así que fui sin muchas expectativas… pero para mi sorpresa, fue una experiencia divertidísima. Las referencias a la cultura general y los chistes para adultos estuvieron en su punto, pero también, sorprendentemente, un humor más ácido, oscuro, y en general bien, bien loco. Ah, y posiblemente tiene la mayor cantidad de muertes de personajes en pantalla (body count) que cualquier otra película de Pixar. Pero eso es mucho de lo que puedo decir sin dar mucho spoiler.

Dicho esto, no sé si mis sobrinitas se divertirán tanto como yo viéndola, o si realmente no la entenderán. Es importante señalar que los temas adultos siempre han estado en la trayectoria de Pixar. En la que es considerada una de las mejores películas, Los Increíbles (2004), hay una subtrama de sospecha de infidelidad. En Ratatouille (2007), Linguini es un hijo bastardo. Y qué decir de Up (2009), que en diez minutos sin diálogo nos introduce temas de infertilidad, pérdida y duelo.

Y sin embargo, siento que estas temáticas se manejaban con los suficientes matices como para que la audiencia pudiera engancharse sin que estas fueran un tema central, sino más bien un recurso para mover la historia. En Hoppers, sin embargo, las muertes, el duelo y el activismo ambiental sí son el núcleo de la historia. Y, como vemos, esto no es un hecho aislado. Es una evolución del subtexto al texto. Y creo que esto habla más sobre los que crean, considerando que tienen que hacer las cosas más obvias, que de las audiencias.

Historias “adultizadas”

El que considero el ejemplo más incuestionable de esta tendencia es Elemental (2023). En una ciudad en la que las personas están fragmentadas por el elemento que son (agua, fuego, tierra o aire), los “fuego” son una alegoría a los inmigrantes asiáticos. Al final, su protagonista, Ember, una chica fuego, decide romper la tradición de trabajar en la tienda familiar a hacer una pasantía (sí, así mismo la llaman) en una compañía que crea diseños con vidrio. Un guiño — o parpadeo muy grande — a la historia de su director, Peter Sohn, hijo de inmigrantes surcoreanos.

Elemental, en general, está bien realizada, y quizá muchos adultos inmigrantes de primera o segunda generación se puedan sentir identificados con ella, pero para un niño, que se supone es el público principal, puede que la conexión, más allá de la apreciación por los hermosos colores, sea más difícil.

En Soul (2020), en medio de una crisis de vida, un profesor de música a punto de cumplir sus sueños va a donde van las almas antes de nacer. Es una historia muy existencial, en la que el conflicto es, literalmente, el significado de la vida. Y claro, he visto comentarios que consideran estos proyectos como joyas incomprendidas e infravaloradas. Lo que quienes afirman estas expresiones tienen en común es que ya son adultos.

Y a eso, le podemos sumar la explotación de la nostalgia, con productos y secuelas dirigidos a los adultos que crecieron con ellas. Pero eso merece su propio articulo.

A nadie le importa tu vida, Jaime

Además de esto, ha habido una transformación en el tipo de historias que los directores han querido contar, pasando de relatos fantásticos sobre juguetes que hablan y peces que buscan a su hijo perdido, a historias mucho más personales.

Elio (2025), la historia de un chico que contacta a extraterrestres, está basada en la experiencia de Adrián Molina, codirector de Coco (2018) y quien dirigió el largometraje en su etapa inicial, como un chico latino y queer creciendo en una base militar en California. En la simpática pero olvidable Luca (2021), la historia de dos criaturas marinas que se transforman en niños, el director Enrico Casarosa se inspira en su infancia en Italia para contar una historia de amistad. En Turning Red (2022), Domee Shi, la primera mujer en dirigir en solitario una película de Pixar, se basa en su adolescencia creciendo dentro de una familia china-canadiense.

Y no es que esté mal tomar inspiración de nuestras vivencias, o utilizar nuestras plataformas para dar visibilidad a grupos menos representados, pero cuando esto se convierte en el foco principal de la historia, es posible que a la audiencia general le resulte más complicado sentirse identificada. La verdad es que la mayoría de nuestras vidas no son lo suficientemente interesantes.

En Hoppers, la identidad de la protagonista no es un eje central. Su director, Daniel Chong (creador de la universalmente amada serie We Bare Bears), al igual que su protagonista es hijo de inmigrantes taiwaneses, pero esto solo sirve para establecer al personaje. Aún así, su historia tiende a parecer pensada para que los padres las disfruten más que los niños. Y eso puede tener una explicación, no necesariamente comprobada, pero posible.

El factor familia

Algunos dicen que la mayor diferencia entre las películas de la era dorada de Pixar como Toy Story, Monsters Inc, Los Increíbles y Ratatouille, es que la mayoría de quienes se veían envueltos en su desarrollo eran padres. Y como tales, tenían muy presente ese sentimiento de protección, sacrificio y heroísmo que vemos en personajes como Mr. y Mrs. Incredible, Marlin y Mike Sullivan. Yo particularmente entiendo que no necesitas ser padre para ser buen storyteller, pero creo que un final con una familia feliz va a resultar más atractivo a la audiencia que una pasantía.

Este cambio se debe, sobre todo, a factores económicos. Hoy en día, ser creativo y tener una familia es muy difícil. Los salarios son bajos y las horas demandantes, donde el límite entre la vida personal y la familiar se han diluido. Además de esto, poseer un hogar propio es casi imposible y muchos millenials, por diversas razones que van desde traumas familiares, preocupaciones medioambientales o simplemente decisión, han preferido no tener hijos. Así que hoy, por lógica, contar con directores que puedan contar con esa experiencia familiar que podría enriquecer sus proyectos es más cuesta arriba.

Sin embargo, esta “adultización” es también el resultado de una sociedad que, poco a poco, ha restringido el lugar de los niños en ella. Y en la que incluso los espacios que anteriormente estaban reservados para ellos, están siendo poblados, cada vez más, por adultos.

Lamentablemente, en la última década, Pixar ha visto esto, y ha sido cómplice.

Cumbres Borrascosas es quizás, junto a Jane Eyre y Orgullo y Prejuicio, una de las novelas clásicas de mayor culto en la actualidad, especialmente en el público femenino. Es también la única de las tres que no ha tenido una adaptación que deje a la mayoría contenta.

Y es que, pese a considerarse del género, hay muy poco romance en la historia que Emily Brontë escribió a los 27 años. El último intento de adaptación con el nombre Wuthering Heights se estrenó hace poco, dirigido por Emerald Fennell (Promising Young Woman) y protagonizado por Margot Robbie (Barbie) y Jacob Elordi (Euphoria).

Fennell desde el inicio dejó muy claro que esta no sería una adaptación fiel al libro. Al contrario, durante el proceso de filmación, posproducción y prensa, fue muy vocal sobre su deseo de realizar una película sobre lo que ella “sintió” la primera vez que lo leyó, siendo adolescente.

Como alguien que también leyó Cumbres Borrascosas a esa edad, puedo decir que la señora Fennell y yo tuvimos experiencias muy distintas. Mientras yo solo recordaba una obra que, lejos de ser romántica, retrataba una obsesión enfermiza que se tradujo en la miseria de dos hogares por dos generaciones, la directora evoca (sin necesariamente traducirlo efectivamente en pantalla) una historia romántica, sexual y colmada de una locura febril.

Y no hay nada malo con hacer fanfiction. No es la primera ni la última vez que se hará algo así en el cine; ejemplos sobran: Joker, Constantine o incluso Blade Runner son adaptaciones libres de su obra madre. Wuthering Heights no peca de no ser fiel al material original, porque nunca lo intentó. El problema es lo que se hace con esa adaptación libre.

Catherine es la hija única del señor Earnshaw, un terrateniente ludópata, violento y alcohólico que un día aparece en casa con un chico al que ella misma bautiza como Heathcliff, en honor a su difunto hermano (quien no existe en esta versión).

Mientras, en medio de los constantes maltratos del padre de Catherine —siendo Heathcliff el mayor receptor— es obvia la atracción que ambos sienten, esta se ve interrumpida por la llegada del magnate de telas Edgar Linton (Shazad Latif).

Linton y su pupila Isabella (Alison Oliver), quienes en esta versión no son hermanos, llegan a la vecina Granja de los Tordos, donde Cathy pasa una temporada y sale con una propuesta de matrimonio. La desaparición de Heathcliff tras escucharla decir que casarse con él la rebajaría, por su falta de fortuna, la lleva a aceptar a Edgar.

Pero años después, cual galán de telenovela (O Dwight de The Office disfrazado de millonario), nuestro protagonista regresa rico, elegante y guapo, a ejecutar su venganza y recuperar el amor de Catherine.

Por supuesto, en el libro, el amor (obsesión, realmente) de ambos nunca llega a materializarse. En cambio, viven vidas separadas, con Heathcliff teniendo un hijo con Isabella y Catherine falleciendo tras dar a luz a su hija. Ambos vástagos se casan entre sí y, por dicha unión, Heathcliff se adueña de Cumbres Borrascosas.

Pero no se preocupen: nada de esto ocurre en esta adaptación, con la directora, en cambio, dándole a Cathy y Heathcliff todas las oportunidades de unión carnal que Emily Brontë no les quiso conceder.

Somos introducidos a una visión de la sexualidad con chistes adolescentes y tomas tan largas y descaradas —manos jugando con yema de huevos, pan siendo amasado, la espalda de Jacob Elordi llena de cicatrices de látigo— que, lejos de evocar sensualidad, tanto la audiencia en el cine como yo estábamos muertos de la risa. El esfuerzo de una persona joven por querer evocar momentos sexys que resultan bochornosos me hace cuestionar si es un caso de millennial cringe o, simplemente, una parodia mal mercadeada.

Más allá de sus licencias creativas en la escritura, hay un problema de dirección inconsistente. La primera mitad de la película es plana y torpe, pero la segunda posee tomas con una dirección creativa más madura, vibrante y estética aunque, obviamente sin ningún tipo de rigor histórico. Y aunque esto podría considerarse una decisión creativa para reflejar la vida de Cathy antes y después de su matrimonio, el resultado es errático.

En cuanto a las actuaciones de los protagonistas, no hay mucho que decir, pues no hay mucho que hacer con el material que tanto Robbie como Elordi tenían. Ambos han entregado actuaciones conmovedoras en otros proyectos (pienso en Margot Robbie en I, Tonya y en Jacob Elordi como la enternecedora Criatura de Frankenstein), pero la situación en la que están es tan absurda que distrae de toda seriedad que pudo haber tenido este proyecto.

Se puede decir que ambos cumplen, con Robbie dando una Catherine caprichosa y malcriada, y un Heathcliff taciturno que carece de la crueldad que lo caracterizaba, reemplazándola únicamente por un sadismo sexual barato dirigido exclusivamente a su esposa. Una especie de Christian Grey de Televisa.

El personaje de Isabella es extraño. Su inocencia y su relación con Edgar son llevadas a un plano caricaturesco (sin dar risa), y su obsesión por Catherine, junto a su relación sadomasoquista con Heathcliff… me hacen sospechar que el personaje es un self insert de la directora.

El caso de Nelly, quien originalmente era la nana de Cathy y la narradora de toda la novela, se transformó en una dama de compañía bastarda de un lord, cuyas acciones son movidas por la envidia y el qué dirán. La interpretación de Hong Chau (The Menu, The Whale) es un ancla en medio del circo que ocurre a su alrededor.

Finalmente, me parece que Shazad Latif es el personaje más normal dentro del elenco, quizá porque el suyo era el que poseía menos características que pudieran ser exageradas.

Sin embargo, una vez retirados los aspectos románticos y sexuales, hay un tema que, sin importar la masacre artística, no deja de sobresalir: la obsesión de sus protagonistas, no romántica, sino como figuras de deseo dispuestas a hacer cualquier cosa por ser poseídos el uno por el otro.

Lo triste es que esta sea vista en 2025 desde la perspectiva de alguien aparentemente obsesionado con construir tensión sexual sin poder lograr una sola toma sexy. Pero igual, resulta fascinante cómo pese a todo, este tema continúa brillando.

Al final del día, Wuthering Heights es una adaptación muy libre, creada con el propósito de hacer la mayor cantidad de escenas con Heathcliff y Cathy sosteniendo relaciones de las formas más bochornosas posibles. Y, de alguna forma, la directora consiguió el dinero y a dos estrellas de cine para hacerlo. Hay una lección en algún lado. Solo no sé cuál.

Veredicto

“Wuthering Heights” así, con comillas, es producto de una generación que, obsesionada con la nostalgia entre reboots y secuelas, inaugura el género de adaptaciones basadas en “vibes”. Es un fanfiction millonario que idealiza un sentimiento adolescente. Lo único que podemos esperar, es que no siente un precedente.

5 / 10