“Michael”, de Antoine Fuqua, no es la gran obra maestra de los biopics, pero está lejos de ser tan mala como quieren algunos hacer creer.
En un mundo donde tenemos “Better Man” o “A Complete Unknown”, las cuales salen de lo que es la fórmula para este tipo de películas, “Michael” recuerda mucho a lo que se hizo con “I Wanna Dance With Somebody”, la cual entretiene a los más fans de los artistas, pero al crítico cinematográfico le resulta mediocre.

El guion de John Logan busca dividirse en dos partes —quién sabe si idea del director, del productor o del mismo guionista—, pero esta primera parte se enfoca en lo que es su niñez y su adultez y fama hasta 1990, por lo que la segunda parte abarcará el resto, o al menos eso esperamos. Es bueno recordar que John Logan es un prestigioso guionista que nos regaló “Gladiator”, por lo que tiene talento para describir con lujos de detalles a los personajes y darles momentos para su desarrollo. Pero aquí entra la dirección de Fuqua a decir lo contrario: personajes estereotipados, conflictos planteados con torpeza, no hay sutileza ni nada. La dirección es torpe y pareciera que es de alguien que no conoce al aclamado Rey del Pop. Es inaudito y una falta de respeto haber realizado la icónica escena cuando hace el baile del moonwalk y que no cause NADA de impacto.
Que nadie espere aquí alguna referencia a las acusaciones que lo perseguirían durante buena parte de su vida ni cuestiones ligadas a su intimidad: hay algunas viñetas sobre cuestiones muy conocidas (su obsesión por Neverland y Peter Pan, por los animales y por ayudar a los niños con enfermedades terminales) y un único gran conflicto: la relación con su tiránico, despótico, controlador, manipulador, exigente y abusivo padre Joseph (Colman Domingo en plan villano de Marvel), que solía castigarlo con su cinturón ante el más mínimo error, y cierta contención afectiva por parte de su madre Katherine (Nia Long).
El problema principal de “Michael” no es que sea absolutamente concesiva y tranquilizadora respecto de las zonas más controvertidas del astro, sino que tampoco funciona bien en los términos más básicos; es decir, como descripción del ascenso a la fama de un genio de la música, el canto, el baile y la promoción. Sacrifica la complejidad dramática de un artista que tenía un repertorio musical extraordinario pero una vida llena de dramas complejos, tristes y, sobre todo, absorbentes.

Sin embargo, la parte actoral del novato Jaafar Jackson —hijo de Jermaine Jackson y sobrino de Michael Jackson, que nunca antes había actuado en una película— hace un extraordinario trabajo de imitación, de mímesis, tanto de la voz como del look, de los gestos y de los movimientos electrizantes en cada una de sus coreografías. Es penoso que le haya tocado este director, quien tal vez no pudo sacarle y exprimir lo mejor al joven, porque la verdad es que se siente ver a Michael Jackson en pantalla. Un trabajo espectacular.
Eso sí, a nivel técnico la película gasta todas las balas. Las escenas de los conciertos en vivo son de una espectacularidad inmensa y el sonido más la música hacen lo suyo. De verdad que dan ganas de pararse y bailar todas y cada una de las canciones que suenan.
Al final del día, “Michael” es una película que puede funcionar con los más fans del artista, pero no con un crítico de cine que busca más que música: una buena película biográfica de un personaje tan, pero tan importante para la música como lo es Michael Jackson. Una pena que el director mantenga al personaje de su película como un personaje y no trate de darle vida dentro de pantalla, porque —de ser así— estaríamos hablando de la mejor película de biopic.

