Tras la muerte de su esposa en 1960, el escritor y teólogo C.S. Lewis documentó las reflexiones que tuvo durante su duelo. El libro se tituló Una Pena en Observación. Hamnet, la última película de la ganadora del Óscar, Chloé Zhao (Eternals), pudo perfectamente haberse titulado así. Basada en la novela homónima de Maggie O’Farrell, narra la historia de William Shakespeare (Paul Mescal de Gladiator II) y su esposa Anne “Agnes” Hathaway (Jessie Buckley), y su duelo tras la pérdida de su único hijo varón, tragedia que inspiró a Shakespeare a escribir su obra Hamlet.

Se nos presenta a Agnes como una mujer que lleva un estilo de vida muy en sintonía con la naturaleza y la espiritualidad, pasando sus días en el bosque, pese a las expectativas sociales de la época. En ese escenario conoce a William, que todavía no es el gran dramaturgo Shakespeare, solo un joven incapaz de sostener un empleo por mucho tiempo, quien trata de ayudar a su padre a pagar sus deudas. La conexión entre ellos es instantánea, y con el apoyo del hermano de Agnes, Bartholomew, interpretado por un Joe Alwyn (The Brutalist) que se consolida como un actor secundario sólido, se casan e inician una familia de la que procrearían tres hijos: Susanna, y los mellizos Judith y Hamnet.

Zhao establece, desde la primera escena, un lenguaje cinematográfico cargado de simbolismos y con mucha inclinación a la naturaleza, con la gran mayoría de escenas transcurriendo en espacios abiertos. Muy pocas utilizan banda sonora, enfocándose en los sonidos del medio ambiente, reflejando esa conexión que Agnes traspasa a su familia a través de la enseñanza de la botánica y la espiritualidad. Su dirección de fotografía, que se había caracterizado por movimientos sueltos de cámara (especialmente en Nomadland) ahora es más fija, presentando los elementos como una obra teatral.

La canalización del duelo, el dolor y la incertidumbre llevan a Mescal y Buckley a otorgar dos actuaciones que serán recordadas como de las mejores de la década y, en el caso de Buckley, una temporada de premios presumiblemente fructífera. Y es ese retrato tan personal de la feminidad que eleva toda la producción, haciendo que un drama de época se sienta atemporal, con las luchas, preocupaciones y sentimientos de una mujer en cualquier siglo.

Pero además, Noah Jupi, quien da vida a Hamnet, ofrece una desgarradora interpretación para un personaje tan inocente, que enfrenta la soledad y el dolor de la muerte a una edad temprana. Son así, la dupla de madre e hijo, que destacan aún más en un filme donde todas las actuaciones brillan con luz propia.

Entre las simbologías más presentes en la pantalla que Zhao utiliza como lienzo, un elemento sobresale: los agujeros. Representando el inicio y el fin de la vida. A lo largo del filme, la cámara es intencional en enseñárnoslos. En el bosque. En el nacimiento de Susanna, la primera hija de la pareja. En el entierro del halcón de Agnes, su mascota. Y en el estreno de Hamlet, la puerta por la que entran y salen los actores se transforma en un un pasadizo entre la vida y la muerte, el inicio de la obra y el final de la realidad de la que la audiencia, al igual que nosotros, escapa para escuchar una historia.

Al principio, pensé que Hamnet sería una historia sobre cómo el arte nos ayuda a atravesar el dolor. Pero no es eso exactamente, al menos no en su totalidad. William necesita escribir Hamlet. Shakespeare no está buscando canalizar su dolor, ni hacer sentido sobre el mismo, porque no lo tiene. Él necesita inmortalizar a su hijo, sacarlo de la oscuridad de la muerte y traerlo a la vida, a través del único trabajo que puede hacer: el teatro. Agnes, como espectadora, conecta con la obra y, por ende, con su creador, su esposo, compartiendo de esta forma un dolor al que no le caben palabras y con el que no habían podido coincidir.

Ahora bien, no sabemos si esto ocurrió así. Después de todo, se trata de la adaptación de una novela que toma licencias artísticas e históricas. Pero Hamnet, en su ejecución, conjuga actuaciones excepcionales de todas las edades con una puesta en escena que se siente íntima, personal, incluso teatral.

Sin embargo, su ritmo desacelerado en los primeros actos pueden crear una desconexión peligrosa que puede perder al espectador. Y si esto sucede, el clímax se siente manipulativo, como si empujara a la audiencia a sentirse de una forma determinada con una historia con la que no se identifica. Tras este ritmo Zhao tiene una intención, pero si este se ve interrumpido, la pérdida puede ser inminente.

Por eso, no creo que Hamnet sea la mejor película de todos los tiempos, como recientemente un medio publicó y cuya cita han utilizado para promocionarla. Pero si, al igual que Agnes, mantienes el corazón abierto, valdrá la pena.

Veredicto

Hamnet es una producción delicada, artística y llena de simbolismos que, para una audiencia que venga con la sensibilidad y disposición de sumergirse en su ritmo contemplativo, será toda una experiencia.

8 / 10