Alejandro Magno, el rey macedonio y comandante militar que, con 30 años, logró conquistar buena parte del mundo antiguo, dormía con dos cosas todas las noches: una daga, y un ejemplar de La Ilíada que le regaló su mentor, Aristóteles. La Ilíada y La Odisea forman parte de una obra monumental, cuya influencia cultural fue tan grande que impactó las leyendas de cientos de culturas y, eventualmente, en todo medio que cuente historias.
Así que, para un director como Christopher Nolan (Tenet), quien se ha caracterizado por explorar temas trascendentales como el tiempo, la guerra y los dilemas morales, pero también por un alejamiento de los sentimientos y tecnicismos muy particulares (fotografía desaturada, diálogos inaudibles y cortes constantes), las expectativas por este proyecto estaban mezcladas.

Luego de Oppenheimer (2023), que sin dudas es un hito cinematográfico, pero no necesariamente uno que me haya encantado por su forma de abordar sus distintas y densas tramas, tenía la sospecha de que vería una historia con un ritmo apresurado, considerando la longitud del material original. Pero es ahí donde este aspecto, y muchos otros, me sorprendieron para bien.
Para repaso, La Odisea narra el regreso a su hogar de Odiseo, rey de Ítaca y militar caracterizado por su inteligencia, tras la mítica guerra de Troya. Odiseo emprende así una jornada que le tomará diez años y en la que él y sus hombres se enfrentan a monstruos, gigantes, brujas y sirenas luego de que este desafíe a los dioses repetidamente. Mientras, en su hogar, su esposa Penélope (Anne Hathaway de The Devil Wears Prada 2) es forzada a aceptar a uno de sus pretendientes y su hijo Telemaco (Tom Holland de Spiderman), decide investigar sobre su paradero.
Como toda adaptación, Nolan toma decisiones creativas, y la más importante es su protagonista, con Matt Damon ofreciendo una interpretación de la que no tengo otro adjetivo que hermosa. El enfoque deja de ser su “hubris”, es decir, orgullo desmedido, como la causante de sus desventuras, y en su lugar se enfatiza en aquello que viene después. Estamos viendo al mismo Odiseo, pero desde la perspectiva del siglo XXI. Encarna una masculinidad inteligente y valiente, y también a un hombre cuyo arco incluye el enfrentar sus propios traumas, decisiones, y aquellas promesas que no pudo cumplir (esto en una escena poderosísima que probablemente sea mi favorita). Empleando para esto, de forma inteligente, la oportunidad de que sea el mismo Odiseo que recuerde en su propia línea de tiempo, recurso similar al que se utilizó en su predecesora Oppenheimer.

Otra manera en la que La Odisea es un resultado de nuestro tiempo es que termina siendo un producto mucho más anti guerra de lo que originalmente era, y de manera casi no intencional, resulta hasta religiosa. Odiseo ha sido bendecido por los dioses con una inteligencia fenomenal para la guerra, pero este no les honra de la forma debida, no por desprecio, sino por lo que podríamos considerar indiferencia o hasta falta de fe. Nolan conversa con Homero y todos los bardos que le precedieron, y se pregunta qué sucede cuando desafiamos la ley del cielo, aún cuando nuestros impulsos y autoengaño nos convenzan de que estamos tomando la decisión correcta. Y concluye en una forma poética cómo la única forma de regresar, es la rendición.
En cuanto a aspectos técnicos: brilla el ensamblaje que logra convencernos de que Anne Hathaway, Tom Holland, Mia Goth, Robert Pattinson y John Leguizamo no han hecho otra cosa que vivir en Ítaca toda su vida. Matt Damon encarna un tormento que solo quienes han llevado a cientos a la muerte pueden tener, Hathaway revelando un personaje complejo pese a la torpeza de la escritura de su diálogo en algunas escenas, y Holland llevando el aire de inocencia de alguien que necesita desesperadamente ser tomado en serio. Así mismo destacan Elliot Page como Sinón y Himesh Patel como Euríloco, quienes son parte de los hombres de Odiseo.
La Odisea de Nolan, no obstante, se ve empañada en dos aspectos: el primero, imperdonable, es su diálogo en situaciones puntuales, no porque no hablen un inglés “antiguo” o porque no hablen griego, sino por la forma en que este aborda sus conceptos. Esto lo vemos en una conversación de Penélope con Telemaco, y luego haciendo referencias bastante “in your face” sobre elementos de la época.

El otro es la falta de una banda sonora recordable. Hans Zimmer compuso para casi todas las películas de Nolan hasta 2020, cuando el primero priorizó trabajar en la primera parte de Dune en lugar de Tenet. Desde entonces, Ludwig Göransson (protégé de Zimmer) ha sido su colaborador. Y aunque Göransson y su equipo realizaron un trabajo de investigación importante, utilizando instrumentos tradicionales de la época, los temas no son memorables como Inception o Interestellar o, si quiera como en otros trabajos del compositor, quien este año ganó su tercer Óscar por su excelente trabajo en Sinners.
No obstante, su edición que logró hacer que un largometraje de casi tres horas se sintiera corto, fotografía que se atrevió a ser más viva (las escenas en el mar principalmente), y sobre todo la profundidad de los temas que toca y cómo los lleva a nuestro tiempo actual, valen por mucho más. Su diseño de sonido es, y sé que es un cliché decirlo, una experiencia que merece ser vivida en el cine. Y es por eso que La Odisea es, probablemente, el evento cinematográfico de la década y una de las obras más importantes de nuestro tiempo, tanto por sus logros a nivel técnico como por los temas que plantea.
Y sí, Nolan puede ser un director muy polarizante. Hay quienes detestan su estilo particular, lo consideran sobrevalorado o pretencioso. Otros lo alaban al punto de caer en el fanatismo de un hincha de Argentina promedio. Pero lo bello de La Odisea es que su extensión tiene algo para todo el mundo, y en 2026 aún continuamos buscando narrar nuestras propias luchas, inquietudes y arrepentimientos a través de lo que Homero, y los bardos antes de él, contaban.

