El director Oliver Laxe vuelve este año con Sirat, película enviada para los premios Globos de Oro y Óscar, con los cuales busca ver si logra llevarse los preciados galardones.

En 2016 vi su primera película, Mimosas, que para ser honestos no está mal, pero no es algo que vayas a recordar, ya que carece del pulso de dirección que se necesita para poder mantener al espectador atento durante todo el metraje. En esta ocasión, el director nacido en Francia pero nacionalizado en España vuelve con una premisa que invita al interés: un padre, interpretado por un Sergi López que apenas cumple, y su hijo, interpretado por Bruno Núñez, salen hacia Marruecos a buscar a su hija, quien fue a una fiesta de música electrónica en medio del desierto y nunca volvió a casa. Con esta simple premisa, el director se encarga de llevarnos a una especie de road trip movie que, de road trip movie, tiene muy poco, para experimentar una de las peores experiencias cinematográficas que salieron en 2025.
Y hay que entender que el cine tiene una particularidad. Por ejemplo, está el entretenimiento simple y llano, que, dicho sea de paso —como dice su nombre—, solo busca “entretener”. Sin embargo, el cine más reflexivo, como es el caso, quiere mostrar algo más. Y no es una regla escrita, pero lo usual es que si el director nos lleva por un camino totalmente infernal, al final podamos no solo tener una reflexión, sino un atisbo de luz. Para mí, el mejor ejemplo es Midnight Express, de Alan Parker, película de culto donde el protagonista, después de caer preso y pasar por todas las atrocidades posibles, tendrá su redención en un momento dado. Sirat se olvida de esto y enfoca toda su atención en hacernos pasar por el infierno de forma gratuita y sin ganancias. Es crueldad tras crueldad, sin matices y sin nada. A diferencia de otros filmes españoles, como “As Bestas” que a pesar de arrastrarte a lo peor, te da algo de luz.

Hace daño con unos trucos de guion bastante simplones y muy vagos. Pretende hacer pasar la película por profunda o existencialista por el simple hecho de que genera dolor. Todo lo que ha sucedido hasta ahora en el guion tenía el único objetivo de traernos a este horror. Y todo lo posterior es más y más crueldad sin sentido. Y el problema no es que duela, sino que, aparte del dolor, no hay absolutamente nada más. Simplemente te incomoda… para nada.
Partiendo de la base de que el creador no debe nada a nadie (como mucho, se debe a su integridad), el espectador se entrega a él confiando en que se respete el acuerdo tácito según el cual todo sufrimiento (incluso el más excesivo, el más insoportable) tenga sentido y conduzca a alguna parte. No significa esto que la trama deba acabar bien o que de ella se deba extraer un aprendizaje. El aprendizaje puede ser, de hecho, que del sufrimiento no se aprende, que el sufrimiento es inútil; pero, para que la narrativa funcione, el sufrimiento ha de integrarse en los códigos estipulados por la trama, que es la que manda. Y, como he dicho innumerables veces en estos párrafos: no existe tal acuerdo ni nada. El director hace que los personajes sufran, que el espectador sufra y que todo lo que salga en la trama sufra porque él quiere y porque él entiende que debe ser así.
No hay guion. No hay historia. No hay profundidad. No hay trama. Y todas estas carencias se tapan con efectos emocionales, para que, al salir del cine, no puedas ni hablar y te creas que, por ello, has visto algo bueno. Nada más lejos de la realidad.
Técnicamente, Sirat tiene un apartado fotográfico excelente, gracias a un Mauro Herce que sabe cuándo aprovechar el desierto y los ocasos para lograr unos planos exquisitamente cuidados.
Al final, el filme no es más que un intento del director por tratar de ser “profundo” y enviar un mensaje que no se percibe en ningún aspecto. Si su mensaje es que todo lo que les sucede a los personajes es porque “hacen algo”, entonces el mensaje es igual que el filme: un despropósito.



