En el cine, el “coming of age” se refiere a películas o series donde la trama gira alrededor del paso de la adolescencia a la adultez. “Euphoria” no es el caso.

No me malinterpreten. Sí es una epopeya millennial sobre adolescentes en un colegio, y es cierto que el género puede mezclarse con otros, como ocurre con “Wednesday”, que une comedia y horror, o “Ms. Marvel” con superhéroes. Sin embargo, la creación de Sam Levinson, por alguna razón, se enreda en una telaraña de situaciones que, aunque resultan sorprendentes, son poco creíbles, y eso impide emocionarte o conectar del todo con los personajes, pues la única conexión real proviene de sus excelentes actuaciones.

El problema del guion no es que cueste creer a una chica adicta a las drogas o a una chica trans, sino que es difícil aceptar que dos adolescentes sean narcotraficantes y que todo el pueblo visite sus casas para hablar con calma de temas triviales sin que la policía intervenga jamás. Es complicado creer todas las historias de estos personajes menores de edad y que los únicos adultos visibles sean un pedófilo que, inexplicablemente, nadie reconoce como tal aun actuando abiertamente y guardando evidencias, y una madre que pasa casi todo su tiempo trabajando. “Euphoria” siempre ha desafiado al espectador con un nivel de incredulidad cercano a lo absurdo, y en esta tercera y última temporada eso se intensifica.

Por alguna razón, la idea que eligieron después del excelente final de la segunda temporada fue que la historia sucediera cinco años después de que los estudiantes de East Highland High terminaran sus estudios y entraran al mundo adulto. La serie inicia mostrando breves vistazos de cómo va cada personaje, dejando al espectador dudando si esto es un fanfiction de “Euphoria” o realmente una continuación.

Por un lado, la narración inconexa a lo largo de los episodios genera una experiencia sin impulso. Por otro, es una temporada centrada en personas atrapadas en rutinas, incapaces de encontrar rumbo y en plena crisis de identidad.

Si el objetivo es reflejar la falta de dirección y el caos de las crisis del cuarto de vida mediante un programa que tampoco logra mantener una línea clara de pensamiento, entonces, misión cumplida. Pero eso se siente terriblemente superficial para una generación que intenta constantemente encontrar nuevas formas de mantenerse a flote. Y el problema no es que los personajes no encuentren su camino, sino que el director no sabe cómo contarlo, y cuando lo intenta, lo hace de forma superficial. Lo más lamentable es que el elenco ha demostrado tener talento para interpretar a estos personajes, pero Levinson, al no saber cómo desarrollar la historia, los contiene innecesariamente, excepto Rue (Zendaya), que vuelve a demostrar su nivel interpretativo.

Euphoria

Jacob Elordi y Sydney Sweeney tambien logran llevar unas mejores interpretaciones (aunque retenidos) y en esta ocasión tienen mas tiempo en pantalla que incluso Hunter Schafer, que apenas hace algo en los tres primeros capítulos.

A nivel técnico mantiene la calidad de siempre, aunque se siente aunque por muchos momentos se siente hueco.  En la música se suma Hans Zimmer, una leyenda, que le da un toque mas adulto al sonido juvenil y electrónico de Labrinth.  La fotografía de Marcell Rév vuelve a jugar con los neones y esos interiores brillantes.

La tercera y última temporada de “Euphoria” rompe lo que la segunda había logrado: la maduración de sus personajes. Rue, decidida, dejaba atrás su relación tóxica con Jules, estaba libre de las drogas, y Levinson usaba una obra de teatro como paralelismo de cómo ella observaba su vida desde fuera, mientras Rue se perdía en el horizonte, relajada y feliz tras haber madurado. Y ahora parece sugerir que no podemos simplemente crecer y abandonar esos hábitos, porque nuestro propio pasado no nos permitirá hacerlo.