Con “Scream 7” (sí, ya llevamos siete partes de lo que inició como una especie de broma de mal gusto) ya no hay más nada que buscar.

Y no me malinterpreten, hay todo un público amante del género del slasher y yo estoy ahí incluido, pero esto dejó de ser una crítica social para convertirse en una parodia de sí misma. Con la polémica de la salida de Melissa Barrera como un protagónico interesante en la anterior “Scream 6” y que se supone repetía ahora, y con la incorporación de Kevin Williamson en la dirección, haciendo a un lado la renovación con nostalgia que estaban logrando Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett, pues todo está servido para ser un desastre y así ha sido… a medias.

Los personajes son todos planos, algo que al menos en los slashers carece de gracia porque se supone que es una crítica a ciertos tipos de personas y ciertas situaciones sociales, y en el caso de Scream es una crítica a los adolescentes y al cine de terror. No se salvan ni siquiera Neve Campbell ni Courteney Cox, que son traídas de vuelta. Isabel May hace lo que puede y parece que, a falta de Melissa con fuerza actoral, no puede hacer mucho. Asa Germann se la pasa con cara de sueño, y ni hablar de Sam Rechner. La verdad es que todo el elenco de “Scream 7” pierde toda la fuerza en esta entrega.

Debo admitir que, aunque la película tiene suficientes elementos para no aburrirse (incluidas muchas conexiones con la primera entrega), es cierto que se ha perdido gran parte de la chispa que Bettinelli y Gillett aportaron en sus películas. Aunque Sidney tiene suficiente empaque y sostiene la película, se ha quedado huérfana de personajes secundarios brillantes (me supone especial dolor la insoportable Mindy, más contenida en esta ocasión), por lo cual el espectador pierde gran empatía con ellos; esto supone que la tensión disminuya, dado que verdaderamente no nos “dolerían” esas pérdidas.

Y por si fuera poco, parte de la gracia de la saga era su metacine, el cual ha desaparecido por completo, incluyendo ese humor negro y absurdo que tenía por momentos. Pero lo que es imperdonable es la resolución de la película, cayendo en una falta de respeto al espectador.

Al final, “Scream 7” es una película que pasa sin penas ni gloria y está más envuelta en polémicas que en lo que pueda aportar. Ya la saga no daba para mucho, aunque se estaba llevando por buen camino. Y según lo que parece, habrá otra más.Top of FormBottom of Form

Veredicto

¿Cuando acabara esto?

2 / 10

Cumbres Borrascosas es quizás, junto a Jane Eyre y Orgullo y Prejuicio, una de las novelas clásicas de mayor culto en la actualidad, especialmente en el público femenino. Es también la única de las tres que no ha tenido una adaptación que deje a la mayoría contenta.

Y es que, pese a considerarse del género, hay muy poco romance en la historia que Emily Brontë escribió a los 27 años. El último intento de adaptación con el nombre Wuthering Heights se estrenó hace poco, dirigido por Emerald Fennell (Promising Young Woman) y protagonizado por Margot Robbie (Barbie) y Jacob Elordi (Euphoria).

Fennell desde el inicio dejó muy claro que esta no sería una adaptación fiel al libro. Al contrario, durante el proceso de filmación, posproducción y prensa, fue muy vocal sobre su deseo de realizar una película sobre lo que ella “sintió” la primera vez que lo leyó, siendo adolescente.

Como alguien que también leyó Cumbres Borrascosas a esa edad, puedo decir que la señora Fennell y yo tuvimos experiencias muy distintas. Mientras yo solo recordaba una obra que, lejos de ser romántica, retrataba una obsesión enfermiza que se tradujo en la miseria de dos hogares por dos generaciones, la directora evoca (sin necesariamente traducirlo efectivamente en pantalla) una historia romántica, sexual y colmada de una locura febril.

Y no hay nada malo con hacer fanfiction. No es la primera ni la última vez que se hará algo así en el cine; ejemplos sobran: Joker, Constantine o incluso Blade Runner son adaptaciones libres de su obra madre. Wuthering Heights no peca de no ser fiel al material original, porque nunca lo intentó. El problema es lo que se hace con esa adaptación libre.

Catherine es la hija única del señor Earnshaw, un terrateniente ludópata, violento y alcohólico que un día aparece en casa con un chico al que ella misma bautiza como Heathcliff, en honor a su difunto hermano (quien no existe en esta versión).

Mientras, en medio de los constantes maltratos del padre de Catherine —siendo Heathcliff el mayor receptor— es obvia la atracción que ambos sienten, esta se ve interrumpida por la llegada del magnate de telas Edgar Linton (Shazad Latif).

Linton y su pupila Isabella (Alison Oliver), quienes en esta versión no son hermanos, llegan a la vecina Granja de los Tordos, donde Cathy pasa una temporada y sale con una propuesta de matrimonio. La desaparición de Heathcliff tras escucharla decir que casarse con él la rebajaría, por su falta de fortuna, la lleva a aceptar a Edgar.

Pero años después, cual galán de telenovela (O Dwight de The Office disfrazado de millonario), nuestro protagonista regresa rico, elegante y guapo, a ejecutar su venganza y recuperar el amor de Catherine.

Por supuesto, en el libro, el amor (obsesión, realmente) de ambos nunca llega a materializarse. En cambio, viven vidas separadas, con Heathcliff teniendo un hijo con Isabella y Catherine falleciendo tras dar a luz a su hija. Ambos vástagos se casan entre sí y, por dicha unión, Heathcliff se adueña de Cumbres Borrascosas.

Pero no se preocupen: nada de esto ocurre en esta adaptación, con la directora, en cambio, dándole a Cathy y Heathcliff todas las oportunidades de unión carnal que Emily Brontë no les quiso conceder.

Somos introducidos a una visión de la sexualidad con chistes adolescentes y tomas tan largas y descaradas —manos jugando con yema de huevos, pan siendo amasado, la espalda de Jacob Elordi llena de cicatrices de látigo— que, lejos de evocar sensualidad, tanto la audiencia en el cine como yo estábamos muertos de la risa. El esfuerzo de una persona joven por querer evocar momentos sexys que resultan bochornosos me hace cuestionar si es un caso de millennial cringe o, simplemente, una parodia mal mercadeada.

Más allá de sus licencias creativas en la escritura, hay un problema de dirección inconsistente. La primera mitad de la película es plana y torpe, pero la segunda posee tomas con una dirección creativa más madura, vibrante y estética aunque, obviamente sin ningún tipo de rigor histórico. Y aunque esto podría considerarse una decisión creativa para reflejar la vida de Cathy antes y después de su matrimonio, el resultado es errático.

En cuanto a las actuaciones de los protagonistas, no hay mucho que decir, pues no hay mucho que hacer con el material que tanto Robbie como Elordi tenían. Ambos han entregado actuaciones conmovedoras en otros proyectos (pienso en Margot Robbie en I, Tonya y en Jacob Elordi como la enternecedora Criatura de Frankenstein), pero la situación en la que están es tan absurda que distrae de toda seriedad que pudo haber tenido este proyecto.

Se puede decir que ambos cumplen, con Robbie dando una Catherine caprichosa y malcriada, y un Heathcliff taciturno que carece de la crueldad que lo caracterizaba, reemplazándola únicamente por un sadismo sexual barato dirigido exclusivamente a su esposa. Una especie de Christian Grey de Televisa.

El personaje de Isabella es extraño. Su inocencia y su relación con Edgar son llevadas a un plano caricaturesco (sin dar risa), y su obsesión por Catherine, junto a su relación sadomasoquista con Heathcliff… me hacen sospechar que el personaje es un self insert de la directora.

El caso de Nelly, quien originalmente era la nana de Cathy y la narradora de toda la novela, se transformó en una dama de compañía bastarda de un lord, cuyas acciones son movidas por la envidia y el qué dirán. La interpretación de Hong Chau (The Menu, The Whale) es un ancla en medio del circo que ocurre a su alrededor.

Finalmente, me parece que Shazad Latif es el personaje más normal dentro del elenco, quizá porque el suyo era el que poseía menos características que pudieran ser exageradas.

Sin embargo, una vez retirados los aspectos románticos y sexuales, hay un tema que, sin importar la masacre artística, no deja de sobresalir: la obsesión de sus protagonistas, no romántica, sino como figuras de deseo dispuestas a hacer cualquier cosa por ser poseídos el uno por el otro.

Lo triste es que esta sea vista en 2025 desde la perspectiva de alguien aparentemente obsesionado con construir tensión sexual sin poder lograr una sola toma sexy. Pero igual, resulta fascinante cómo pese a todo, este tema continúa brillando.

Al final del día, Wuthering Heights es una adaptación muy libre, creada con el propósito de hacer la mayor cantidad de escenas con Heathcliff y Cathy sosteniendo relaciones de las formas más bochornosas posibles. Y, de alguna forma, la directora consiguió el dinero y a dos estrellas de cine para hacerlo. Hay una lección en algún lado. Solo no sé cuál.

Veredicto

“Wuthering Heights” así, con comillas, es producto de una generación que, obsesionada con la nostalgia entre reboots y secuelas, inaugura el género de adaptaciones basadas en “vibes”. Es un fanfiction millonario que idealiza un sentimiento adolescente. Lo único que podemos esperar, es que no siente un precedente.

5 / 10

El director Oliver Laxe vuelve este año con Sirat, película enviada para los premios Globos de Oro y Óscar, con los cuales busca ver si logra llevarse los preciados galardones.

En 2016 vi su primera película, Mimosas, que para ser honestos no está mal, pero no es algo que vayas a recordar, ya que carece del pulso de dirección que se necesita para poder mantener al espectador atento durante todo el metraje. En esta ocasión, el director nacido en Francia pero nacionalizado en España vuelve con una premisa que invita al interés: un padre, interpretado por un Sergi López que apenas cumple, y su hijo, interpretado por Bruno Núñez, salen hacia Marruecos a buscar a su hija, quien fue a una fiesta de música electrónica en medio del desierto y nunca volvió a casa. Con esta simple premisa, el director se encarga de llevarnos a una especie de road trip movie que, de road trip movie, tiene muy poco, para experimentar una de las peores experiencias cinematográficas que salieron en 2025.

Y hay que entender que el cine tiene una particularidad. Por ejemplo, está el entretenimiento simple y llano, que, dicho sea de paso —como dice su nombre—, solo busca “entretener”. Sin embargo, el cine más reflexivo, como es el caso, quiere mostrar algo más. Y no es una regla escrita, pero lo usual es que si el director nos lleva por un camino totalmente infernal, al final podamos no solo tener una reflexión, sino un atisbo de luz. Para mí, el mejor ejemplo es Midnight Express, de Alan Parker, película de culto donde el protagonista, después de caer preso y pasar por todas las atrocidades posibles, tendrá su redención en un momento dado. Sirat se olvida de esto y enfoca toda su atención en hacernos pasar por el infierno de forma gratuita y sin ganancias. Es crueldad tras crueldad, sin matices y sin nada.  A diferencia de otros filmes españoles, como “As Bestas” que a pesar de arrastrarte a lo peor, te da algo de luz.

Hace daño con unos trucos de guion bastante simplones y muy vagos. Pretende hacer pasar la película por profunda o existencialista por el simple hecho de que genera dolor. Todo lo que ha sucedido hasta ahora en el guion tenía el único objetivo de traernos a este horror. Y todo lo posterior es más y más crueldad sin sentido. Y el problema no es que duela, sino que, aparte del dolor, no hay absolutamente nada más. Simplemente te incomoda… para nada.

Partiendo de la base de que el creador no debe nada a nadie (como mucho, se debe a su integridad), el espectador se entrega a él confiando en que se respete el acuerdo tácito según el cual todo sufrimiento (incluso el más excesivo, el más insoportable) tenga sentido y conduzca a alguna parte. No significa esto que la trama deba acabar bien o que de ella se deba extraer un aprendizaje. El aprendizaje puede ser, de hecho, que del sufrimiento no se aprende, que el sufrimiento es inútil; pero, para que la narrativa funcione, el sufrimiento ha de integrarse en los códigos estipulados por la trama, que es la que manda. Y, como he dicho innumerables veces en estos párrafos: no existe tal acuerdo ni nada. El director hace que los personajes sufran, que el espectador sufra y que todo lo que salga en la trama sufra porque él quiere y porque él entiende que debe ser así.

No hay guion. No hay historia. No hay profundidad. No hay trama. Y todas estas carencias se tapan con efectos emocionales, para que, al salir del cine, no puedas ni hablar y te creas que, por ello, has visto algo bueno. Nada más lejos de la realidad.

Técnicamente, Sirat tiene un apartado fotográfico excelente, gracias a un Mauro Herce que sabe cuándo aprovechar el desierto y los ocasos para lograr unos planos exquisitamente cuidados.

Al final, el filme no es más que un intento del director por tratar de ser “profundo” y enviar un mensaje que no se percibe en ningún aspecto. Si su mensaje es que todo lo que les sucede a los personajes es porque “hacen algo”, entonces el mensaje es igual que el filme: un despropósito.

Veredicto

La fotografía me encanta y ciertos momentos son disfrutables, al menos en el inicio.  Luego caemos en una espiral infernal que no tiene retorno ni recompensa.

2 / 10

Tras la muerte de su esposa en 1960, el escritor y teólogo C.S. Lewis documentó las reflexiones que tuvo durante su duelo. El libro se tituló Una Pena en Observación. Hamnet, la última película de la ganadora del Óscar, Chloé Zhao (Eternals), pudo perfectamente haberse titulado así. Basada en la novela homónima de Maggie O’Farrell, narra la historia de William Shakespeare (Paul Mescal de Gladiator II) y su esposa Anne “Agnes” Hathaway (Jessie Buckley), y su duelo tras la pérdida de su único hijo varón, tragedia que inspiró a Shakespeare a escribir su obra Hamlet.

Se nos presenta a Agnes como una mujer que lleva un estilo de vida muy en sintonía con la naturaleza y la espiritualidad, pasando sus días en el bosque, pese a las expectativas sociales de la época. En ese escenario conoce a William, que todavía no es el gran dramaturgo Shakespeare, solo un joven incapaz de sostener un empleo por mucho tiempo, quien trata de ayudar a su padre a pagar sus deudas. La conexión entre ellos es instantánea, y con el apoyo del hermano de Agnes, Bartholomew, interpretado por un Joe Alwyn (The Brutalist) que se consolida como un actor secundario sólido, se casan e inician una familia de la que procrearían tres hijos: Susanna, y los mellizos Judith y Hamnet.

Zhao establece, desde la primera escena, un lenguaje cinematográfico cargado de simbolismos y con mucha inclinación a la naturaleza, con la gran mayoría de escenas transcurriendo en espacios abiertos. Muy pocas utilizan banda sonora, enfocándose en los sonidos del medio ambiente, reflejando esa conexión que Agnes traspasa a su familia a través de la enseñanza de la botánica y la espiritualidad. Su dirección de fotografía, que se había caracterizado por movimientos sueltos de cámara (especialmente en Nomadland) ahora es más fija, presentando los elementos como una obra teatral.

La canalización del duelo, el dolor y la incertidumbre llevan a Mescal y Buckley a otorgar dos actuaciones que serán recordadas como de las mejores de la década y, en el caso de Buckley, una temporada de premios presumiblemente fructífera. Y es ese retrato tan personal de la feminidad que eleva toda la producción, haciendo que un drama de época se sienta atemporal, con las luchas, preocupaciones y sentimientos de una mujer en cualquier siglo.

Pero además, Noah Jupi, quien da vida a Hamnet, ofrece una desgarradora interpretación para un personaje tan inocente, que enfrenta la soledad y el dolor de la muerte a una edad temprana. Son así, la dupla de madre e hijo, que destacan aún más en un filme donde todas las actuaciones brillan con luz propia.

Entre las simbologías más presentes en la pantalla que Zhao utiliza como lienzo, un elemento sobresale: los agujeros. Representando el inicio y el fin de la vida. A lo largo del filme, la cámara es intencional en enseñárnoslos. En el bosque. En el nacimiento de Susanna, la primera hija de la pareja. En el entierro del halcón de Agnes, su mascota. Y en el estreno de Hamlet, la puerta por la que entran y salen los actores se transforma en un un pasadizo entre la vida y la muerte, el inicio de la obra y el final de la realidad de la que la audiencia, al igual que nosotros, escapa para escuchar una historia.

Al principio, pensé que Hamnet sería una historia sobre cómo el arte nos ayuda a atravesar el dolor. Pero no es eso exactamente, al menos no en su totalidad. William necesita escribir Hamlet. Shakespeare no está buscando canalizar su dolor, ni hacer sentido sobre el mismo, porque no lo tiene. Él necesita inmortalizar a su hijo, sacarlo de la oscuridad de la muerte y traerlo a la vida, a través del único trabajo que puede hacer: el teatro. Agnes, como espectadora, conecta con la obra y, por ende, con su creador, su esposo, compartiendo de esta forma un dolor al que no le caben palabras y con el que no habían podido coincidir.

Ahora bien, no sabemos si esto ocurrió así. Después de todo, se trata de la adaptación de una novela que toma licencias artísticas e históricas. Pero Hamnet, en su ejecución, conjuga actuaciones excepcionales de todas las edades con una puesta en escena que se siente íntima, personal, incluso teatral.

Sin embargo, su ritmo desacelerado en los primeros actos pueden crear una desconexión peligrosa que puede perder al espectador. Y si esto sucede, el clímax se siente manipulativo, como si empujara a la audiencia a sentirse de una forma determinada con una historia con la que no se identifica. Tras este ritmo Zhao tiene una intención, pero si este se ve interrumpido, la pérdida puede ser inminente.

Por eso, no creo que Hamnet sea la mejor película de todos los tiempos, como recientemente un medio publicó y cuya cita han utilizado para promocionarla. Pero si, al igual que Agnes, mantienes el corazón abierto, valdrá la pena.

Veredicto

Hamnet es una producción delicada, artística y llena de simbolismos que, para una audiencia que venga con la sensibilidad y disposición de sumergirse en su ritmo contemplativo, será toda una experiencia.

8 / 10

Uno de los temas más constantes en la filmografía de Richard Linklater es el paso del tiempo. Tal es el caso de la trilogía de Before, una larga conversación de una pareja, dividida en tres entregas: Celine y Jesse se conocen en Before Sunrise (1994), se reencuentran en Before Sunset (2004), y luego los revisitamos en Before Midnight (2014). Y sí, cada cinta se rodó con una década de diferencia. Además, es mi trilogía favorita, y la recomiendo encarecidamente.

Ni hablar de la odisea cinematográfica que representó Boyhood (2014), en la que, por doce años, el director siguió la vida de un niño (interpretado por Ellar Coltrane) mientras crecía, siempre con los mismos actores. Ambos proyectos tienen dos cosas en común: requirieron mucha paciencia, y los protagonizó Ethan Hawke (Moon Knight). Y Blue Moon es exactamente igual. Linklater (Hit Man) tenía doce años con el guion listo, pero esperó a que Hawke estuviera lo suficientemente mayor como para que este pudiera encarnar de forma creíble a su protagonista.

Foto: Sabrina Lantos – Sony Pictures Classic

Es 1946 en la ciudad de Nueva York. El influyente letrista Lorenz Hart entra al legendario restaurante Sardi’s, meca de artistas, compositores, poetas y escritores de la Gran Manzana. Hart, junto al compositor Richard Rodgers, dio vida a decenas de musicales de Broadway y canciones tan importantes del cancionero estadounidense como “The Lady is a Tramp”, “My Funny Valentine” y, claro, la que le da nombre a esta cinta, Blue Moon.

Pero esta noche, Hart está solo. Su alcoholismo y estilo de vida desenfrenado lo han llevado a que su relación con su dupla se quiebre. Y esa noche, Rodgers estrenaba el musical más grande de su carrera y por el que será recordado hasta el día de hoy. Y lo ha hecho con un letrista que no es Hart. El musical es Oklahoma!

Así que Hart, a quien un envejecido Ethan Hawke da vida, se sienta en el bar del mítico Sardi’s. Y pide un trago, pese a tenérselo prohibido a su barista Eddie (Bobby Cannavale). Y conversa con el pianista, Morty Rifkin. Y habla sobre el objeto de su más grande adoración: Elizabeth.

Ella, interpretada por una espléndida Margaret Qualley (Honey Don’t!, The Substance) es una estudiante de Yale a quien Hart le lleva más de 20 años. Se hace evidente que esta apasionada idealización es unilateral, lo que honestamente nos hace sentir aún más lástima por el pobre Lorenz.

Foto: Sony Pictures Classic

La noche continúa su transcurso, atrayendo a leyendas del entretenimiento, entre ellas el escritor E. B. White, quienes interactúan con nuestro protagonista. Son estas conversaciones las que nos continúan dando pistas sobre el estado mental de Hart, su historia con Richard Rodgers, su rumoreada bisexualidad, pero sobre todo, su amor por las palabras. La pasión por la poesía, la literatura y el contar historias que le acompañó hasta el final de sus días. Y cuyo talento nunca faltó, solo su disciplina. Hart sigue bebiendo.

Blue Moon transcurre en un solo set, el restaurante, en una sola noche. Esta estructura minimalista nos hace sentir, como audiencia, que presenciamos una obra de teatro. Los gestos, los monólogos de Hart y su interacción con los personajes habrían resultado pesados de no ser por un Ethan Hawke que entrega una actuación soberbia y madura en un papel muy distinto a lo que hasta ahora ha hecho.

Margaret Qualley continúa deslumbrando, pero es cuando entran Richard Rodgers (Andrew Scott) y su nuevo letrista, Oscar Hammerstein II (Simon Delaney) que la angustia y desesperación de Hart se ponen de manifiesto, a la vez que intenta presentar una buena cara para su querido colaborador. Esa tensión, ese intercambio que revela las dinámicas de poder y la deuda mutua que ambos poseen, añade una nueva dimensión a la historia. Y a la perdición de su protagonista, que sigue bebiendo.

Foto: Sabrina Lantos/Sony Pictures Classics

Linklater, sin embargo, siempre ha sido un storyteller optimista, que aún en sus producciones más oscuras como A Scanner Darkly siempre ofrece una luz de esperanza. El elenco ofrece ironía y momentos graciosos que aligeran una historia melancólica que, de otra forma, hubiera sido deprimente. El carisma y talento de Lorenz Hart con las palabras le hacen ver como un snob divertido y por momentos caricaturesco. Es, en otras palabras, una historia balanceada.

Esta temporada, Blue Moon no será la película más llamativa ni la más recordada. Pero nos ofrece una sutil historia sobre pasión, obsesión, el amor por el arte, y por el arte de crear. Y ese es el legado que Linklater y Hawke han querido dejar. Este es su Blue Moon.

Veredicto

Blue Moon es una dramedia inteligente y sensible, que, aunque no resulte una historia que atraiga un interés masivo, sí conmoverá a una audiencia que busque escuchar entre lo que se deja dicho, y lo que se calla.

8 / 10

En algún lugar leí que la historia de un país latinoamericano es la historia de todos ellos. La veracidad de esa frase es cuestionable, pero en la película de 1985, Kiss of the Spider Woman, la dictadura militar brasileña reemplaza a su vecina, la dictadura militar de Argentina, país donde transcurre la novela original. Y aun así, la historia sobre desapariciones, censura y tortura sigue funcionando a la perfección. 

Kiss of the Spider Woman cuenta la historia de Valentín Arregui y Luis Molina, dos reclusos en una prisión en medio de la dictadura. Valentín está preso por formar parte de un movimiento de izquierda que busca derrocar el gobierno. Molina, abiertamente homosexual, guarda prisión por alegada corrupción de menores. 

Entre ambos se forma una relación estrecha, forjada sobre todo a partir del escapismo que Molina le ofrece a Valentín al contarle, con lujo de detalles, sus películas favoritas. Kiss of the Spider Woman hizo historia al convertirse en el primer filme brasileño en ser nominado a Mejor Película, además de ganar el Óscar y BAFTA al Mejor Actor.

Asimismo, esta película comparte una historia muy especial con Puerto Rico, pues la misma estaba protagonizada por el legendario actor boricua Raúl Juliá. Sospecho que cuando Jennifer López decidió adaptar el musical homólogo, lo tuvo en cuenta para invocar sus laureadas capacidades actorales. 

En el musical, volvemos a la dictadura militar argentina, caracterizada por sus miles de desapariciones forzadas (muchísimas más que en Brasil), centros clandestinos de detención y manipulación de información. 

En esta ocasión, Valentín es interpretado por el veterano Diego Luna (Narcos: México), intérprete mexicano que destacó en Hollywood mucho antes que Pedro Pascal (Materialists), aunque al último se le da más crédito como pionero. Pero bueno, ese es otro tema. Al exuberante Molina le da vida Tonatiuh (Carry On), cuya extravagante personalidad llena la pantalla en cada escena en la que aparece. Jennifer López completa el trío como Ingrid Luna/Aurora/La Mujer Araña. 

Molina le cuenta a Valentín todo sobre su actriz favorita, Ingrid Luna, y su película Kiss of the Spider Woman. Somos introducidos mediante la vívida imaginación de su narrador a la historia de Aurora, una editora de moda. Aurora se enamora de Armando, un galán de telenovela a quien la mente de Luis visualiza como Valentín. Juntos, lucharán contra la maldición que su aldea enfrenta: la Mujer Araña. 

Esta película dentro de la película sirve de contraste a las gélidas y grises escenas de la celda en la que Molina y Valentín están recluidos. En ella, el director Bill Condon, quien también dirigió la icónica Dreamgirls, le saca el mayor provecho para dar vida a escenas que son puro eye candy: bien estilizadas, coloridas y vistosas. Se rinde homenaje tanto a Broadway, con pasos y números clásicos que por momentos recuerdan a Chicago, como al technicolor, con vívidos colores y montajes que celebran al Hollywood de la edad dorada del cine. 

JLo, al igual que The Rock en The Smashing Machine, ha buscado crear a la fuerza un papel que le vaya a la perfección, en su caso, como bailarina y cantante, para poder demostrar sus dotes actorales y así ganar premios. Pero, aunque la diva del Bronx dio números de baile, looks y canto como nunca, es opacada por sus dos protagonistas, especialmente la sensible interpretación de Tonatiuh.

La verdad, antes de saber la existencia de la obra de Broadway, se me hizo extraño que una historia sobre represión política, persecución a personas LGBTQ+ y tortura se adaptara a musical. Pero con Aurora y Armando como contrapunto, en lugar de las distintas películas que Molina contaba originalmente (una de ellas abiertamente propaganda nazi), sí puede resultar tentador. Esta adaptación es especialmente notable en las primeras escenas, pues los primeros diálogos entre Molina y Valentín se sienten sumamente teatrales.

Dicho todo esto, ¿logrará Kiss of The Spider Woman su cometido como Oscar bait? Es posible, pero no pasará de ser nominada. Es difícil que López pueda estar a la altura frente a Teyana Taylor o Regina Hall por One Battle After Another. Lo que sí podría lograr es una nominación al Golden Globe por Comedia o Musical, así como en aspectos técnicos, ya que su dirección de arte, iluminación y fotografía son hermosas, sobre todo en los números musicales. 

¿Es Kiss of the Spider Woman para todo el mundo? Nunca lo ha sido. Sus temas siempre han resultado incómodos y su abordaje es aún más explícito que su primera adaptación. El hecho de que sea un musical también resulta ser un no-no para muchas personas. Sin embargo, si se le ve como una exploración a cómo el arte puede ser un escape al dolor y unirnos en la desesperación… sigue funcionando.

Ya sea como libro, obra, musical de Broadway, o como en este caso, película.

Veredicto

Kiss of the Spider Woman es un proyecto con mucho ego, que busca utilizar su latinidad y queerness como punto de venta. Pero, sigue siendo una hermosa producción con tres actuaciones estelares que cuentan una historia atemporal. Si gustas de musicales, es imperdible.

7 / 10

Amo las películas sobre deportes de combate. Son emocionantes, satisfactorias y sumamente entretenidas. Mientras que en el boxeo contamos con filmes tan queridos como la saga de Rocky, la magnífica The Fighter y la casi perfecta Million Dollar Baby, las artes marciales tienen el clásico Karate Kid, y la lucha libre nos regaló a Nacho Libre y la hermosa The Iron Claw.

Este año, Benny Safdie (codirector de Uncut Gems, y actor en Oppenheimer) llevó su pasión por estos deportes a la gran pantalla de la mano de A24. Se trata de la historia de Mark Kerr, apodado The Smashing Machine, un luchador olímpico y peleador de artes marciales mixtas, campeón de la UFC y de su equivalente japonés, la PRIDE FC. Y para ello se apoyó en una de las estrellas más costosas de la actualidad: Dwayne «The Rock » Johnson (Black Adam).

Para nadie es secreto que Johnson desea ser tomado más en serio en la industria, ansioso por premios, reconocimientos y el no ser recordado como el tipo que hacía de sí mismo en todas las películas. Para The Smashing Machine, incluso aceptó una reducción de su sueldo regular de veinte millones de dólares a cuatro. Y claro, escoge el mundo de los deportes que conoce tan bien: The Rock ha sido siete veces campeón de la WWE.

Sin embargo, pese a que su actuación cumple con los parámetros para considerarse buena, esta lamentablemente se ve afectada por una dirección y guion deficientes que lastiman el producto final y aburren a la audiencia.

El principal problema de The Smashing Machine es que resulta anticlimática a más no poder. La historia se presenta de una manera dispersa y aérea, enseñándonos la tumultosa relación de Mark con su compañera sentimental, Dawn (Emily Blunt de Oppenheimer y A Quiet Place), algunas de sus peleas y el comienzo de su adicción a los opioides. Pero, sin construir un momentum para las escenas, no existe una recompensa para la audiencia. Y eso, en una película sobre deportes, es imperdonable.

Parece una dramatización de hechos que Safdie asume que la audiencia conoce sobre su protagonista, pues por momentos se siente como un passion project de un fan de las artes marciales mixtas. Lo cual sería aceptable si no se tratara de una producción de más de 50 millones de dólares, mercadeada como una película para premios y la gran revelación de The Rock como un actor competente.

Con escenas que no llevan a ningún lado, se alarga un guion de por sí disperso que, con dos horas y seis minutos, es injustamente largo para la historia que finalmente se nos cuenta. Por ejemplo, si bien se nos presenta el tema de su dependencia a las sustancias, buena parte de su arco al respecto es manejado fuera de la pantalla. Y así, mismo sucede con el caso de su relación con Dawn, en la que sus aparentes rupturas y reconciliaciones se repitieron a lo largo de los años que abarca la película, pero no escatima minutos en presentarnos a ambos en una feria montándose en distintas atracciones.

Otro aspecto que se toca es la relación de Kerr con su tocayo, Mark Coleman, quien fungió como su entrenador y amigo personal. Coleman, quien llegó a ser Salón de la Fama de la UFC, es retratado como una influencia positiva en su vida y un gran amigo, contrastando en ocasiones con las luchas de su colega. Este es interpretado por el artista marcial y Campeón Mundial de Peso Pesado de Bellator, Ryan Bader, a quien en su debut como actor entrega una sólida interpretación.

En The Smashing Machine se hizo un buen trabajo para presentar ambas partes de la relación entre Mark y Dawn, y por qué esta no funcionaba para ninguno de los dos. Mark, que es mostrado como un ángel en la calle, amable con todos, no necesariamente transmitía esa energía en el trato a su pareja, descuidándola en ocasiones.

Mientras tanto, Dawn a su vez era incapaz de empatizar con sus luchas, robándole la paz que necesitaba en sus momentos decisivos, y prefiriendo mantenerlo en una relación de codependencia. Y, sin embargo, no podían vivir el uno sin el otro. Esto, que quedó bastante claro, me parece que es una de las fortalezas de la película, y resulta hasta gracioso ver cómo Blunt iguala y por momentos supera a The Rock en la calidad de su actuación con poco esfuerzo.

En los aspectos técnicos, si bien la dirección de arte y vestuario nos transportan impecablemente a los noventa y principios de los dos mil, la colorización y edición deslucen este trabajo, con escenas teñidas o quemadas de una manera que no corresponde con el resto del pietaje, restándole coherencia visual.

Al final, se siente como si el único arco que a Safdie le interesaba contar era el de Mark como persona, desde la soberbia hasta el contentamiento. Es un proyecto hecho con cariño, pero le faltó dirección.

Veredicto

Incluso los amantes de las películas deportivas vamos a tener que esforzarnos por perdonarle a The Smashing Machine su deslucido ritmo. Sin embargo, las actuaciones de Johnson y Blunt son dignas de contar una historia valiosa, que merecía ser conocida.

 

6 / 10

En los últimos años, y gracias al streaming, The Office se convirtió en una de las sitcoms más populares de Latinoamérica. Uno de los pocos remakes americanos de series británicas que funcionaron, la adaptación de la serie de Ricky Gervais se caracterizó por su humor “cringe” y sus versiones no tan exageradas de personajes que puedes encontrar en cualquier oficina.

The Office seguía, en forma de documental, a los empleados de Dunder Mifflin, una compañía de papel en Scranton, Pensilvania. Protagonizada por un Steve Carell (The Morning Show) haciendo del jefe incómodo de tener, finalizó su emisión en 2013 tras nueve temporadas que se insertaron con fuerza en la cultura popular a través de memes y frases icónicas.

The Office, sin embargo, se ha convertido en una cápsula de tiempo de un mundo que ya no existe. Solo basta ver cualquier episodio para darse cuenta de que una compañía que se dedicaba exclusivamente a vender papel no hubiera sobrevivido a la economía de hoy. Además, tras una década que se caracterizó por combatir el comportamiento inapropiado en el ambiente laboral, a un personaje como Michael Scott no le hubiera ido muy bien, y esas son declaraciones del mismo Steve Carell. Por eso, cuando se anunció The Paper, su spin-off en el que el mismo crew documental regresaría, las expectativas estaban muy bajas.

Más de 10 años después del final de The Office, descubrimos que Dunder Mifflin ha sido absorbida por el conglomerado Enervate, cuyo producto estrella es la marca de papel de baño Softees, y que de paso tiene un periódico que nadie lee, el Toledo Truth Teller (TTT), en Toledo, Ohio. En el primer episodio, conocermos a Ned Sampson (Domhnall Gleeson de Star Wars: The Rise of Skywalker), un entusiasta del periodismo que, tras consagrarse como el mejor vendedor de la compañía, asume como editor en jefe del TTT, reemplazando a la intensa y temperamental editora interina Esmeralda (Sabrina Impacciatore de The White Lotus), quien buscará venganza.

Complementan el elenco la diagramadora y veterana militar Mare (Chelsea Frei), la única persona con experiencia real en periodismo, Nicole (Ramona Young), la ansiosa evitadora de conflictos, el religioso y obtuso Adam (Alex Edelman), el vendedor de Softees y entusiasta de la pesca Travis (Eric Rahill), la contable Adelola (Gbemisola Ikumelo), el veterano periodista del TTT y decrépito Barry (Duane Shepard Sr.), y la masculinidad performativa hecha persona, Detrick (Melvin Gregg). Además de Oscar (Oscar Núñez), quien es el único miembro de Dunder Mifflin que regresa, con PTSD por su exjefe Michael y por exponerse en el documental.

Algo muy positivo sobre este grupo es que no son copias a carbón de sus contrapartes en la serie original, sino que son personajes nuevos, combinaciones de personalidades más frescas y actuales que, igualmente, puedes encontrar en cualquier ambiente de trabajo. Y, al igual que su serie madre, con excepción de sus respectivos jefes (Steve Carell y Domhnall Gleeson), la mayoría de personajes no son actores reconocidos pero sí personas que tienen una trayectoria en comedia, stand up comedy e improvisación. Gbemisola Ikumelo incluso tiene un BAFTA por un cortometraje.

Y claro, algunos estereotipos se mantienen: Adam es tan bobo como lo era Kevin, pero se le añade el elemento de su religiosidad y su consecuente familia numerosa. Y Barry, que lleva desde los años sesenta en el periódico, está ocasionalmente tan perdido como el favorito de los fans, Creed Barton, a la vez que recuerda por momentos al taciturno Stanley. Pero ahí terminan las similitudes.

Ned invita a este poco probable grupo de caracteres a construir un periódico enfocado en las noticias locales de Toledo, lo que traerá situaciones graciosas, originales y con ese toque de humor absurdo que Greg Daniels le da a todas sus producciones, que incluyen Parks and Recreation y Brooklyn 99. El elenco hace lo suyo dándole vida a la absurdidad de la vida cotidiana con deadpan, ingenuidad momentánea, y sobre todo mucha autenticidad.

The Paper es, quizás, el spin-off que necesitábamos. Alegre, optimista, ingenuo y que no explota la notalgia que produce. El TTT no es un éxito inmediato, después de todo, el periodismo, al igual que el papel hace 20 años, es una industria que está muriendo. Pero, en palabras del gran Michael Scott, un negocio está hecho de personas. Y las personas que tiene el Toledo Truth Teller, tienen mucho con lo que hacernos reír.

Actualmente, las series ya no tienen tiempo de madurar en la audiencia antes de atraparla. Este proceso solía ser normal, y su misma serie madre pasó por ella; la primera temporada de The Office no gustó mucho y estuvieron a punto de cancelarla de no ser por el éxito de The 40 Year Old Virgin. No obstante, hoy en día, si no hay triunfo absoluto en los primeros episodios, los programas no tienen oportunidad, como le pasó a How I Met Your Father, que fue cancelada tras dos temporadas.

Personalmente, llegué a ver comentarios en redes sociales sobre como The Paper tenía el aspecto de ser “cancelada luego de la primera temporada”. Y sin embargo, aun antes de su estreno la reacción ha sido tan positiva que ya se aprobó su segunda temporada. Se toma lo justo de The Office para sentarla como base de su historia, pero en 10 episodios logra establecer su ritmo, sus personajes y el tipo de narrativas que quiere llevar en una compañía a la que, sabemos como audiencia, le juega todo en contra. Al parecer The Paper, al igual que el Toledo Truth Teller, es el underdog que estamos subestimando.

Veredicto

The Paper, más que apoyarse desesperadamente de la nostalgia de The Office, lo utiliza de punto de partida para contar su propia historia. Y esas son buenas noticias.

8 / 10

Desde la invención del cine, Nueva York ha sido el escenario de innumerables películas. Con el paso de las décadas, la evolución de la ciudad ha sido ampliamente documentada. Pero el Nueva York de los 90s es particularmente especial. En un momento en el que la ciudad se transformaba y era el centro de todo, nos regaló las comedias románticas de Nora Ephron, clásicos como Home Alone II y obras maestras como Goodfellas. Y es también el escenario de la historia de Hank Thompson, el protagonista  de Caught Stealing.

Hank, interpretado por Austin Butler (Dune II) es un ex beisbolista cuyos sueños quedaron frustrados tras un accidente automovilístico, pasado del que huye mudándose a Nueva York, donde trabaja como bartender. Tiene una novia paramédica, Yvonne (Zoë Kravitz de The Batman) y es muy cercano a su madre, con quien habla todos los días y comparte su pasión por los Giants de San Francisco.

Una noche, su vecino Russ (Matt Smith de The Crown y Dr. Who) tiene una emergencia familiar y le deja a cargo su gato, Buds. Ese pequeño favor desencadena una serie de situaciones en las que termina envuelto. Ahora, Hank está involucrado con la detective de narcóticos Roman (Regina King), la mafia rusa, narcotraficantes judíos, y al Colorado, interpretado por Bad Bunny (Bullet Train).

Como muchos protagonistas, Hank estuvo en el lugar equivocado en el momento equivocado. Su historia comparte paralelismos con John Wick, y siendo por momentos su opuesto, Caught Stealing nos entrega dos horas de puro entretenimiento con un ritmo que nunca decae.

Cuenta con buenas actuaciones, destacando King, Kravitz y un Matt Smith graciosísimo. La química entre Butler y Kravitz es envidiable. La única excepción es Benito, cuyo carisma no le salvó de convertir sus escenas en un skit de SNL en el que recitaba sus líneas en inglés embotelladas. Pero la estrella (superestrella, realmente) en todo el sentido de la palabra es Butler, quien carga con el peso de la historia ininterrumpidamente, y cuya transformación, como la ciudad, es plenamente evidente.

Darren Aronofsky se divorcia de su estilo habitual, más enfocado en contar historias sobre la obsesión y el dolor humano con películas como The Whale, y entrega una propuesta disfrutable para todas las audiencias. Adaptada de la novela del mismo nombre de Charlie Huston, estructura la historia de tal forma que vamos conociendo poco a poco a Hank, sus temores, su pasado, su problema de alcoholismo y sus razones tras su accionar.

Algo que noté es el cuidado a la estética y la apariencia en la dirección de arte, que desde el vestuario, la construcción de cada set y de la ciudad nos presenta a los 90. Se sentía que en cualquier momento podía salir Jerry Seinfeld con George Constanza. La ciudad, con sus luces, sus sombras, sus personajes y sus costumbres únicas, es el lienzo perfecto para este thriller comédico.

También aprovecha cada ocasión posible para mostrar a Butler sin camisa, increíblemente sin entorpecer la historia. Cada escena sirve un propósito, y el resultado es una explosión de humor negro que mantiene al espectador enganchado y atento a los constantes giros. Caught Stealing tiene algo para todos, y en una época en que la industria que insiste en alimentarnos de remakes y secuelas, viene a ser ingeniosa y refrescante. Go Giants!

Veredicto

En Caught Stealing tenemos una propuesta divertida, entretenida y emocionante que continúa cimentando a Austin Butler como una de las estrellas de cine de nuestra generación.

8 / 10

Estoy completamente convencida de que hay proyectos cinematográficos que se producen simplemente para que el director se autocomplazca plasmando en pantalla sus fantasías particulares. Honey Don’t parece ser ese tipo de filme, en el que Ethan Coen, quien junto a su hermano Joel ha escrito, producido y dirigido algunas de las mejores películas de los últimos 30 años (incluyendo No Country for Old Men), demuestra la falta que le hace trabajar con él.

En Honey Don’t, está el intento de contar la historia de Honey O’Donahue, una detective lesbiana, algo que el guion nos recuerda cada quince minutos. Honey se ve envuelta en una serie de desapariciones y asesinatos en una pequeña ciudad en California, que parecen llevar a una secta liderada por el mismísimo Chris Evans (Materialists, The Gray Man). En el camino conocerá a una atractiva policía, MG, interpretada por Aubrey Plaza, con quien empieza una relación sexual que el director enfatiza con escenas largas y gráficas.

Las mismas se ven interrumpidas por momentos de violencia tarantinescos que conforman lo mejor de la película: asesinatos gráficos y ridículos coreografiados para ocasionalmente arrancar carcajadas a la audiencia.

Uno de los temas predominantes de los Coen es Americana, la exploración de la cultura, costumbres y particularidades de la vida en Estados Unidos más allá de la glamurización de Hollywood, y este aspecto lo vemos en los una fotografía más que decente, con cuya colorización recuerda a No Country for Old Men. Honey parece vivir en un momento atemporal, en el que la tecnología no parece ocupar la prevalencia que tiene hoy día, pese a ambientarse en 2021. Esto lo vemos en su renuencia a usar computadoras, su vehículo y su vestimenta. Sin embargo, ninguna de estas cualidades la salva de ser una historia a la que le falta al menos media hora de desarrollo, que parece haber sido terminada de forma rápida y que no cierra por completo las muchas subtramas que pretendía abrir.

Margaret Qualley viene de dar la mejor interpretación de su carrera con The Substance, que le ganó una nominación a los Golden Globes, a intentar salvar un guion insípido que poco hace por demostrar sus habilidades detectivescas. De hecho, casi nada de lo que la película nos muestra parece señalar si Honey es buena detective o no. En el caso de Chris Evans, sus dotes de actuación ya de por sí cuestionables le hacen la guerra a un personaje que en ocasiones funciona y en otras no. El personaje de Aubrey Plaza, MG, parece ser una versión unidimensional de su Rosa Díaz en Brooklyn 99. La actuación más salvable es la de Charlie Day, quien hace de su mismo personaje en It’s Always Sunny in Philadelphia y en consiguiente, ofrece los mejores deliveries de líneas.

El principal problema de Honey Don’t es que su historia no tiene sentido. No sentido de lógica, sino de dirección. Se siente como una serie de situaciones aleatorias que aparentemente tienen un punto en común, pero al final del día queda dispersa, apresurada y sin desarrollo. Los personajes aparecen y desaparecen como si los actores estuvieran cumpliendo horas para el Sindicato de Actores. Lo poco que sabemos, aprendemos y se nos repite de Honey tampoco lleva a ningún lado, al igual que los personajes que forman parte de su vida.

Y lo peor de todo es que Honey Don’t tenía muchísimo potencial para explorar el lado de las sectas estadounidenses, que tan son tan comunes en las áreas rurales. Pero no es aprovechado. Absurdismo muy serio, seriedad ridícula. No decide que ser porque no llega a ningún lado.

Los aspectos salvables de este proyecto son los técnicos, especialmente a nivel visual. Sigue habiendo una dirección de fotografía impecable. Vestuarios y decoraciones que aunque parte de nuestra década parecen contarnos una historia de otro tiempo más sencillo. Los momentos graciosos. Todo está colocado para contar una historia a lo Coen. Faltó la historia.

Veredicto

Honey Don’t es el ejemplo perfecto de cómo puedes tener un elenco con estrellas del momento bajo la dirección de un ganador del Oscar, y aún así fracasar rotundamente por un guion que se queda a medio cocinar.

4 / 10