Al igual que su primera parte, en esta secuela llamada “The Devil Wears Prada 2”, la moda y el glamour son básicamente lo que más destaca.

Y es que, en esta ocasión, la película, dirigida una vez más por David Frankel y con un guion, otra vez, de Aline Brosh McKenna, trata de darle un giro radical y orientarlo más a la novela de Lauren Weisberger y no a la adaptación que se hizo de la misma. De entrada, creo que es una de las cosas más interesantes que tiene el filme, y es que el guion toma lo mejor de los dos libros (sí, hay dos libros) y, sin querer separarse de su esencia, lo adapta para así poder hacer no solo una comedia dramática sobre la moda, sino que toca otros temas mucho más contemporáneos, como la desaparición de la prensa escrita y cómo los reporteros prefieren buscar clickbait antes que dar una buena noticia.

“The Devil Wears Prada 2” hace un envoltorio sobre la moda para realmente criticar la sociedad consumista y el periodismo vacío de hoy en día. Es algo tan inesperado que, cuando lo tienes de frente, no puedes creer que vaya por ese camino y no es hasta que termina que te das cuenta de que, en realidad, es algo tan inteligente que agradeces que alguien haya hecho un guion sobre esto. Porque la película de Frankel podía irse a lo seguro sin ningún problema e iba a vender, y probablemente funcionaría con un drama cómico sobre la moda, mucha ropa de diseñador y todo lo que la anterior traía, pero no: decide por momentos hacer una revisión de sí misma e incluso una mirada retrospectiva a la primera película.

Luego está el segundo punto, con el cual también hace que la experiencia sea gratificante: TODOS volvieron. Y cuando digo todos, no solo me refiero a guionista, director y actores, sino también al encargado de la fotografía, que es Florian Ballhaus, y con el cual estamos viendo una réplica de la primera, pero mucho más madura. También vuelve Theodore Shapiro en la música y, de nuevo, SE SIENTE QUE ESTAMOS VIENDO LA PRIMERA PERO MEJORADA. Es increíble. De verdad que es muy placentero, y más cuando empiezas a ver a los actores que estaban en la primera, el decorado y todo. O sea, es una increíble sensación de estar en el mismo lugar, pero con experiencia. Esta sensación hace que el espectador que vio la primera en su momento se sienta identificado, pero al mismo tiempo, como toca otros temas y con otras perspectivas, hace que el espectador nuevo también pueda adentrarse. Una jugada muy inteligente y maravillosa que garantizará que la película, a partir de su estreno, sea una de las más vistas y vendidas de este año. Casi seguro de ello.

The Devil Wears Prada 2

En actuaciones yo no tengo que decir nada. Todos vuelven, menos Adrian Grenier y Simon Baker, y algún que otro secundario que, a mi entender, no aportaba nada a la historia. Esta vez tenemos a un Justin Theroux que cumple, Kenneth Branagh que también cumple, Lady Gaga que no es tan excéntrica como estuvo en “House of Gucci” (terrible), pero si debo quedarme con algún personaje nuevo, pues sería Lucy Liu, ya que realmente se siente fresco y diferente. Luego está el cuarteto principal de Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci, que hacen un trabajo impecable, principalmente Streep y Tucci.

Al final del día, “The Devil Wears Prada 2” es una excelente película que celebra la primera entrega, regala guiños a los fans de aquella, pero sienta las bases para las nuevas generaciones. Pero además de todo eso, es un filme inteligente que aprovecha sus virtudes para no solo hacer una comedia dramática entretenida, sino también para hacer una crítica mordaz a la sociedad actual sin necesidad de sentirse fuera de lugar.

Veredicto

Ofrece a los fans lo que quieren, pero también tiene algo de cerebro detrás.

7 / 10

Michael”, de Antoine Fuqua, no es la gran obra maestra de los biopics, pero está lejos de ser tan mala como quieren algunos hacer creer.
En un mundo donde tenemos “Better Man” o “A Complete Unknown”, las cuales salen de lo que es la fórmula para este tipo de películas, “Michael” recuerda mucho a lo que se hizo con “I Wanna Dance With Somebody”, la cual entretiene a los más fans de los artistas, pero al crítico cinematográfico le resulta mediocre.

El guion de John Logan busca dividirse en dos partes —quién sabe si idea del director, del productor o del mismo guionista—, pero esta primera parte se enfoca en lo que es su niñez y su adultez y fama hasta 1990, por lo que la segunda parte abarcará el resto, o al menos eso esperamos. Es bueno recordar que John Logan es un prestigioso guionista que nos regaló “Gladiator”, por lo que tiene talento para describir con lujos de detalles a los personajes y darles momentos para su desarrollo. Pero aquí entra la dirección de Fuqua a decir lo contrario: personajes estereotipados, conflictos planteados con torpeza, no hay sutileza ni nada. La dirección es torpe y pareciera que es de alguien que no conoce al aclamado Rey del Pop. Es inaudito y una falta de respeto haber realizado la icónica escena cuando hace el baile del moonwalk y que no cause NADA de impacto.

Que nadie espere aquí alguna referencia a las acusaciones que lo perseguirían durante buena parte de su vida ni cuestiones ligadas a su intimidad: hay algunas viñetas sobre cuestiones muy conocidas (su obsesión por Neverland y Peter Pan, por los animales y por ayudar a los niños con enfermedades terminales) y un único gran conflicto: la relación con su tiránico, despótico, controlador, manipulador, exigente y abusivo padre Joseph (Colman Domingo en plan villano de Marvel), que solía castigarlo con su cinturón ante el más mínimo error, y cierta contención afectiva por parte de su madre Katherine (Nia Long).

El problema principal de “Michael” no es que sea absolutamente concesiva y tranquilizadora respecto de las zonas más controvertidas del astro, sino que tampoco funciona bien en los términos más básicos; es decir, como descripción del ascenso a la fama de un genio de la música, el canto, el baile y la promoción. Sacrifica la complejidad dramática de un artista que tenía un repertorio musical extraordinario pero una vida llena de dramas complejos, tristes y, sobre todo, absorbentes.

Michael

Sin embargo, la parte actoral del novato Jaafar Jackson —hijo de Jermaine Jackson y sobrino de Michael Jackson, que nunca antes había actuado en una película— hace un extraordinario trabajo de imitación, de mímesis, tanto de la voz como del look, de los gestos y de los movimientos electrizantes en cada una de sus coreografías. Es penoso que le haya tocado este director, quien tal vez no pudo sacarle y exprimir lo mejor al joven, porque la verdad es que se siente ver a Michael Jackson en pantalla. Un trabajo espectacular.

Eso sí, a nivel técnico la película gasta todas las balas. Las escenas de los conciertos en vivo son de una espectacularidad inmensa y el sonido más la música hacen lo suyo. De verdad que dan ganas de pararse y bailar todas y cada una de las canciones que suenan.

Al final del día, “Michael” es una película que puede funcionar con los más fans del artista, pero no con un crítico de cine que busca más que música: una buena película biográfica de un personaje tan, pero tan importante para la música como lo es Michael Jackson. Una pena que el director mantenga al personaje de su película como un personaje y no trate de darle vida dentro de pantalla, porque —de ser así— estaríamos hablando de la mejor película de biopic.

Veredicto

l resultado final es eficaz: un biopic que se disfruta como concierto pero no como pelicula.

5 / 10

En el cine, el “coming of age” se refiere a películas o series donde la trama gira alrededor del paso de la adolescencia a la adultez. “Euphoria” no es el caso.

No me malinterpreten. Sí es una epopeya millennial sobre adolescentes en un colegio, y es cierto que el género puede mezclarse con otros, como ocurre con “Wednesday”, que une comedia y horror, o “Ms. Marvel” con superhéroes. Sin embargo, la creación de Sam Levinson, por alguna razón, se enreda en una telaraña de situaciones que, aunque resultan sorprendentes, son poco creíbles, y eso impide emocionarte o conectar del todo con los personajes, pues la única conexión real proviene de sus excelentes actuaciones.

El problema del guion no es que cueste creer a una chica adicta a las drogas o a una chica trans, sino que es difícil aceptar que dos adolescentes sean narcotraficantes y que todo el pueblo visite sus casas para hablar con calma de temas triviales sin que la policía intervenga jamás. Es complicado creer todas las historias de estos personajes menores de edad y que los únicos adultos visibles sean un pedófilo que, inexplicablemente, nadie reconoce como tal aun actuando abiertamente y guardando evidencias, y una madre que pasa casi todo su tiempo trabajando. “Euphoria” siempre ha desafiado al espectador con un nivel de incredulidad cercano a lo absurdo, y en esta tercera y última temporada eso se intensifica.

Por alguna razón, la idea que eligieron después del excelente final de la segunda temporada fue que la historia sucediera cinco años después de que los estudiantes de East Highland High terminaran sus estudios y entraran al mundo adulto. La serie inicia mostrando breves vistazos de cómo va cada personaje, dejando al espectador dudando si esto es un fanfiction de “Euphoria” o realmente una continuación.

Por un lado, la narración inconexa a lo largo de los episodios genera una experiencia sin impulso. Por otro, es una temporada centrada en personas atrapadas en rutinas, incapaces de encontrar rumbo y en plena crisis de identidad.

Si el objetivo es reflejar la falta de dirección y el caos de las crisis del cuarto de vida mediante un programa que tampoco logra mantener una línea clara de pensamiento, entonces, misión cumplida. Pero eso se siente terriblemente superficial para una generación que intenta constantemente encontrar nuevas formas de mantenerse a flote. Y el problema no es que los personajes no encuentren su camino, sino que el director no sabe cómo contarlo, y cuando lo intenta, lo hace de forma superficial. Lo más lamentable es que el elenco ha demostrado tener talento para interpretar a estos personajes, pero Levinson, al no saber cómo desarrollar la historia, los contiene innecesariamente, excepto Rue (Zendaya), que vuelve a demostrar su nivel interpretativo.

Euphoria

Jacob Elordi y Sydney Sweeney tambien logran llevar unas mejores interpretaciones (aunque retenidos) y en esta ocasión tienen mas tiempo en pantalla que incluso Hunter Schafer, que apenas hace algo en los tres primeros capítulos.

A nivel técnico mantiene la calidad de siempre, aunque se siente aunque por muchos momentos se siente hueco.  En la música se suma Hans Zimmer, una leyenda, que le da un toque mas adulto al sonido juvenil y electrónico de Labrinth.  La fotografía de Marcell Rév vuelve a jugar con los neones y esos interiores brillantes.

La tercera y última temporada de “Euphoria” rompe lo que la segunda había logrado: la maduración de sus personajes. Rue, decidida, dejaba atrás su relación tóxica con Jules, estaba libre de las drogas, y Levinson usaba una obra de teatro como paralelismo de cómo ella observaba su vida desde fuera, mientras Rue se perdía en el horizonte, relajada y feliz tras haber madurado. Y ahora parece sugerir que no podemos simplemente crecer y abandonar esos hábitos, porque nuestro propio pasado no nos permitirá hacerlo.

Veredicto

Eso es escritura perezosa. Sacrifica la profundidad por el absurdo.

4 / 10

The Boys” es sin duda una de las mejores series que existen. Todo lo referente a la serie es una crítica paródica sobre la política, el entretenimiento y las conversaciones de masas a nivel mundial, empujada en una trama de superhéroes.
Cuando Marvel anunció que “Deadpool” era una propuesta arriesgada, parece que no habían visto la creación de Eric Kripke, Evan Goldberg y Seth Rogen, quienes no han tenido el mínimo pudor para guardarse algo, y en esta última temporada tiran todo al asador y aceleran sin frenos.

The Boys

La trama se la saben todos: un grupo llamado “The Boys”, que son humanos, está luchando contra una corporación que controla a los superhéroes, y tanto la empresa como los héroes son personajes horrendos en todo el sentido de la palabra. Sin embargo, temporada tras temporada, la serie va avanzando con una subtrama mucho más interesante, la cual en esta última —siguiendo lo que había quedado en la 4.ª temporada— muestra a Homelander encontrando una forma de ser eterno y no envejecer, por lo que busca por todos los medios posibles lograr ese objetivo, mientras que el mundo está totalmente polarizado, creando una especie de guerra civil, y “The Boys” buscan detenerlo.

La mirada más desesperanzada sobre una sociedad desencantada y necesitada de ídolos a los que aferrarse se hace más evidente, y aquí el guion es el que hace gala de presencia. A diferencia de temporadas pasadas, y que a partir de la 4.ª los creadores querían dejar claro que Homelander no es un personaje al cual seguir y lo llevaron a depravaciones morales más salvajes posibles, aquí van por el mismo camino e incluso un poco más, porque le suman un nivel al escalón uniéndolo con otro personaje cuestionable, como es Soldier Boy, y llevando todo esto a la política directa. El guion es genuino, satírico, pero sobre todo muy directo y no busca irse por las ramas. Categorizar la serie como “woke” es sin duda no haberse dado cuenta de que siempre lo fue y que siempre fue política; sin embargo, anteriormente fue muy, pero muy sutil en sus críticas y sátiras, mientras que ahora es bastante directa y clara. De hecho, tiene una escena muy particular —que no desvelaré porque es spoiler— pero que es abiertamente algo que se vio en la política estadounidense no hace mucho tiempo, haciendo que sepamos de antemano lo directa que busca ser.

La guerra de superhéroes es más ideológica; utilizan muchos metamensajes, se aprovechan de la psicosis colectiva, y todo esto se logra de manera efectiva con actuaciones impecables. Los nuevos personajes están muy bien logrados a nivel de actuación, pero no nos equivoquemos: lo que no es sorpresa es la interpretación de Karl Urban, que está espectacular. Laz Alonso también logra tener mejor tiempo en pantalla, y sin duda Tomer Capone como “Frenchie” y Karen Fukuhara como “Kimiko” están muy acertados. Pero todo el pastel sabemos que se lo lleva Antony Starr con su interpretación de “Homelander”, que en esta ocasión, como última vez, es magnífica. No solo ha sabido mantener la calidad psicótica, sino también la emocional, porque en esta última oportunidad está totalmente desquiciado y al punto de explotar. Totalmente impredecible.

Todo lo demás está bien. Cumple como siempre. La música pasa súper desapercibida, los efectos están bien logrados, y la ultraviolencia es, como siempre, gráfica y exagerada.

Al final del día, “The Boys” es una de las mejores series, como ya he dicho, y sin duda será tema de conversaciones en redes y fuera de ello. Estoy deseando que Amazon, en su eterna hipocresía, la quiera vender de forma física para comprarla en Blu-ray y no tener que depender de una suscripción para verla… tal como hace Vought.

Veredicto

La serie mantiene un excelente equilibrio entre acción, humor negro y el drama, con una sátira super exagerada y una critica mas directa.

8 / 10

Project Hail Mary” es sin duda otro de los grandes logros de los directores Phil Lord y Christopher Miller, quienes en el 2023 trajeron la increíble “Spider-Man: Across the Spider-Verse”, casi convirtiendo la saga en una de las mejores, con una animación impecable.

Sin embargo, es en el 2012 que inician en el cine con “21 Jump Street” y tuvieron que pasar más de 10 años para que vuelvan al cine live action, con un guion del excelente y siempre correcto Drew Goddard, basado en una novela de Andy Weir, autor de “The Martian”, de la cual Ridley Scott en su momento le sacó bastante provecho y que, dicho sea de paso, Drew Goddard hizo también el guion en su momento (que, por lo visto, es fan del autor).

Protagonizada por Ryan Gosling como Ryland Grace, un profesor de secundaria que despierta solo en una nave espacial sin recuerdos, formando parte de una misión espacial para salvar la vida en la Tierra, la película combina ciencia dura, humor inteligente y una emotiva historia de supervivencia. Lord y Miller regresan al live action con una dirección ambiciosa que equilibra espectáculo visual y momentos íntimos, logrando que una trama de salvar el mundo se sienta cercana y muy humana. Algo que MUY POCOS DIRECTORES pueden darse el lujo.

Lo más llamativo de “Project Hail Mary” es la actuación de Gosling, quien entrega su mejor performance hasta la fecha en su carrera: carismático, vulnerable y muy gracioso, convierte a un «tipo normal» en héroe creíble. Sandra Hüller se destaca en un rol diferente a los papeles dramáticos que suele componer. Pero la verdadera estrella y sorpresa es Rocky, el alienígena compañero, todo un logro técnico y emocional que genera un vínculo inolvidable, lleno de comedia y ternura. Esta dinámica de buddy-movie en el espacio recuerda el estilo juguetón de los directores, pero en una escala épica y con corazón profundo, haciendo que la química entre humano y extraterrestre sea lo más entrañable posible, superando incluso a muchos personajes de Disney que buscan ser entrañables y no lo consiguen (o lo consiguen a medias).

Visualmente, la película es imponente: la cinematografía de Greig Fraser ofrece secuencias espectaculares del espacio, con un toque cálido que evoca otros títulos similares y épicos, pero con mayor optimismo y ligereza. La ciencia es accesible y divertida, celebrando la curiosidad y la colaboración sin caer en lo pedante. El tono esperanzador y nada cínico refresca el género, convirtiéndola en todo un placer que emociona, hace reír, llorar y deja con ganas de más.

La música esta a cargo de Daniel Pemberton, un viejo conocido de los directores, y que incluso fue la banda sonora para “The Materialist”.  No es que la música dañe la experiencia, pero si le hace falta más épica, algo que un Lorne Balfe hubiese conseguido sin mucho esfuerzo y que le hubiese sumado muchísimo al filme.

Si alguien me hubiera dicho que la película más emocionante del 2026 iba a ser, en esencia, un profesor de secundaria haciendo «regla de tres» en el espacio, no lo habría creído. Pero aquí estamos. “Project Hail Mary” no es solo otra odisea espacial; es la prueba de que se puede salvar la humanidad sin necesidad de discursos épicos ni explosiones gratuitas cada cinco minutos. Es la prueba de que el buen cine no necesita un discurso ideológico.

Es la increíble prueba de que, como en la salvación de la humanidad, el buen cine se puede lograr con optimismo y amor por los demás. Desde ahora, la película de “Project Hail Mary” se convierte no solo en una de las mejores del año, sino en una de las mejores de la década.

Veredicto

Esto hay que verlo en cines, y si es IMAX mucho mejor.  Para esto fue que se creo el cine.

9 / 10

Con “Scream 7” (sí, ya llevamos siete partes de lo que inició como una especie de broma de mal gusto) ya no hay más nada que buscar.

Y no me malinterpreten, hay todo un público amante del género del slasher y yo estoy ahí incluido, pero esto dejó de ser una crítica social para convertirse en una parodia de sí misma. Con la polémica de la salida de Melissa Barrera como un protagónico interesante en la anterior “Scream 6” y que se supone repetía ahora, y con la incorporación de Kevin Williamson en la dirección, haciendo a un lado la renovación con nostalgia que estaban logrando Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett, pues todo está servido para ser un desastre y así ha sido… a medias.

Los personajes son todos planos, algo que al menos en los slashers carece de gracia porque se supone que es una crítica a ciertos tipos de personas y ciertas situaciones sociales, y en el caso de Scream es una crítica a los adolescentes y al cine de terror. No se salvan ni siquiera Neve Campbell ni Courteney Cox, que son traídas de vuelta. Isabel May hace lo que puede y parece que, a falta de Melissa con fuerza actoral, no puede hacer mucho. Asa Germann se la pasa con cara de sueño, y ni hablar de Sam Rechner. La verdad es que todo el elenco de “Scream 7” pierde toda la fuerza en esta entrega.

Debo admitir que, aunque la película tiene suficientes elementos para no aburrirse (incluidas muchas conexiones con la primera entrega), es cierto que se ha perdido gran parte de la chispa que Bettinelli y Gillett aportaron en sus películas. Aunque Sidney tiene suficiente empaque y sostiene la película, se ha quedado huérfana de personajes secundarios brillantes (me supone especial dolor la insoportable Mindy, más contenida en esta ocasión), por lo cual el espectador pierde gran empatía con ellos; esto supone que la tensión disminuya, dado que verdaderamente no nos “dolerían” esas pérdidas.

Y por si fuera poco, parte de la gracia de la saga era su metacine, el cual ha desaparecido por completo, incluyendo ese humor negro y absurdo que tenía por momentos. Pero lo que es imperdonable es la resolución de la película, cayendo en una falta de respeto al espectador.

Al final, “Scream 7” es una película que pasa sin penas ni gloria y está más envuelta en polémicas que en lo que pueda aportar. Ya la saga no daba para mucho, aunque se estaba llevando por buen camino. Y según lo que parece, habrá otra más.Top of FormBottom of Form

Veredicto

¿Cuando acabara esto?

2 / 10

Cumbres Borrascosas es quizás, junto a Jane Eyre y Orgullo y Prejuicio, una de las novelas clásicas de mayor culto en la actualidad, especialmente en el público femenino. Es también la única de las tres que no ha tenido una adaptación que deje a la mayoría contenta.

Y es que, pese a considerarse del género, hay muy poco romance en la historia que Emily Brontë escribió a los 27 años. El último intento de adaptación con el nombre Wuthering Heights se estrenó hace poco, dirigido por Emerald Fennell (Promising Young Woman) y protagonizado por Margot Robbie (Barbie) y Jacob Elordi (Euphoria).

Fennell desde el inicio dejó muy claro que esta no sería una adaptación fiel al libro. Al contrario, durante el proceso de filmación, posproducción y prensa, fue muy vocal sobre su deseo de realizar una película sobre lo que ella “sintió” la primera vez que lo leyó, siendo adolescente.

Como alguien que también leyó Cumbres Borrascosas a esa edad, puedo decir que la señora Fennell y yo tuvimos experiencias muy distintas. Mientras yo solo recordaba una obra que, lejos de ser romántica, retrataba una obsesión enfermiza que se tradujo en la miseria de dos hogares por dos generaciones, la directora evoca (sin necesariamente traducirlo efectivamente en pantalla) una historia romántica, sexual y colmada de una locura febril.

Y no hay nada malo con hacer fanfiction. No es la primera ni la última vez que se hará algo así en el cine; ejemplos sobran: Joker, Constantine o incluso Blade Runner son adaptaciones libres de su obra madre. Wuthering Heights no peca de no ser fiel al material original, porque nunca lo intentó. El problema es lo que se hace con esa adaptación libre.

Catherine es la hija única del señor Earnshaw, un terrateniente ludópata, violento y alcohólico que un día aparece en casa con un chico al que ella misma bautiza como Heathcliff, en honor a su difunto hermano (quien no existe en esta versión).

Mientras, en medio de los constantes maltratos del padre de Catherine —siendo Heathcliff el mayor receptor— es obvia la atracción que ambos sienten, esta se ve interrumpida por la llegada del magnate de telas Edgar Linton (Shazad Latif).

Linton y su pupila Isabella (Alison Oliver), quienes en esta versión no son hermanos, llegan a la vecina Granja de los Tordos, donde Cathy pasa una temporada y sale con una propuesta de matrimonio. La desaparición de Heathcliff tras escucharla decir que casarse con él la rebajaría, por su falta de fortuna, la lleva a aceptar a Edgar.

Pero años después, cual galán de telenovela (O Dwight de The Office disfrazado de millonario), nuestro protagonista regresa rico, elegante y guapo, a ejecutar su venganza y recuperar el amor de Catherine.

Por supuesto, en el libro, el amor (obsesión, realmente) de ambos nunca llega a materializarse. En cambio, viven vidas separadas, con Heathcliff teniendo un hijo con Isabella y Catherine falleciendo tras dar a luz a su hija. Ambos vástagos se casan entre sí y, por dicha unión, Heathcliff se adueña de Cumbres Borrascosas.

Pero no se preocupen: nada de esto ocurre en esta adaptación, con la directora, en cambio, dándole a Cathy y Heathcliff todas las oportunidades de unión carnal que Emily Brontë no les quiso conceder.

Somos introducidos a una visión de la sexualidad con chistes adolescentes y tomas tan largas y descaradas —manos jugando con yema de huevos, pan siendo amasado, la espalda de Jacob Elordi llena de cicatrices de látigo— que, lejos de evocar sensualidad, tanto la audiencia en el cine como yo estábamos muertos de la risa. El esfuerzo de una persona joven por querer evocar momentos sexys que resultan bochornosos me hace cuestionar si es un caso de millennial cringe o, simplemente, una parodia mal mercadeada.

Más allá de sus licencias creativas en la escritura, hay un problema de dirección inconsistente. La primera mitad de la película es plana y torpe, pero la segunda posee tomas con una dirección creativa más madura, vibrante y estética aunque, obviamente sin ningún tipo de rigor histórico. Y aunque esto podría considerarse una decisión creativa para reflejar la vida de Cathy antes y después de su matrimonio, el resultado es errático.

En cuanto a las actuaciones de los protagonistas, no hay mucho que decir, pues no hay mucho que hacer con el material que tanto Robbie como Elordi tenían. Ambos han entregado actuaciones conmovedoras en otros proyectos (pienso en Margot Robbie en I, Tonya y en Jacob Elordi como la enternecedora Criatura de Frankenstein), pero la situación en la que están es tan absurda que distrae de toda seriedad que pudo haber tenido este proyecto.

Se puede decir que ambos cumplen, con Robbie dando una Catherine caprichosa y malcriada, y un Heathcliff taciturno que carece de la crueldad que lo caracterizaba, reemplazándola únicamente por un sadismo sexual barato dirigido exclusivamente a su esposa. Una especie de Christian Grey de Televisa.

El personaje de Isabella es extraño. Su inocencia y su relación con Edgar son llevadas a un plano caricaturesco (sin dar risa), y su obsesión por Catherine, junto a su relación sadomasoquista con Heathcliff… me hacen sospechar que el personaje es un self insert de la directora.

El caso de Nelly, quien originalmente era la nana de Cathy y la narradora de toda la novela, se transformó en una dama de compañía bastarda de un lord, cuyas acciones son movidas por la envidia y el qué dirán. La interpretación de Hong Chau (The Menu, The Whale) es un ancla en medio del circo que ocurre a su alrededor.

Finalmente, me parece que Shazad Latif es el personaje más normal dentro del elenco, quizá porque el suyo era el que poseía menos características que pudieran ser exageradas.

Sin embargo, una vez retirados los aspectos románticos y sexuales, hay un tema que, sin importar la masacre artística, no deja de sobresalir: la obsesión de sus protagonistas, no romántica, sino como figuras de deseo dispuestas a hacer cualquier cosa por ser poseídos el uno por el otro.

Lo triste es que esta sea vista en 2025 desde la perspectiva de alguien aparentemente obsesionado con construir tensión sexual sin poder lograr una sola toma sexy. Pero igual, resulta fascinante cómo pese a todo, este tema continúa brillando.

Al final del día, Wuthering Heights es una adaptación muy libre, creada con el propósito de hacer la mayor cantidad de escenas con Heathcliff y Cathy sosteniendo relaciones de las formas más bochornosas posibles. Y, de alguna forma, la directora consiguió el dinero y a dos estrellas de cine para hacerlo. Hay una lección en algún lado. Solo no sé cuál.

Veredicto

“Wuthering Heights” así, con comillas, es producto de una generación que, obsesionada con la nostalgia entre reboots y secuelas, inaugura el género de adaptaciones basadas en “vibes”. Es un fanfiction millonario que idealiza un sentimiento adolescente. Lo único que podemos esperar, es que no siente un precedente.

5 / 10

El director Oliver Laxe vuelve este año con Sirat, película enviada para los premios Globos de Oro y Óscar, con los cuales busca ver si logra llevarse los preciados galardones.

En 2016 vi su primera película, Mimosas, que para ser honestos no está mal, pero no es algo que vayas a recordar, ya que carece del pulso de dirección que se necesita para poder mantener al espectador atento durante todo el metraje. En esta ocasión, el director nacido en Francia pero nacionalizado en España vuelve con una premisa que invita al interés: un padre, interpretado por un Sergi López que apenas cumple, y su hijo, interpretado por Bruno Núñez, salen hacia Marruecos a buscar a su hija, quien fue a una fiesta de música electrónica en medio del desierto y nunca volvió a casa. Con esta simple premisa, el director se encarga de llevarnos a una especie de road trip movie que, de road trip movie, tiene muy poco, para experimentar una de las peores experiencias cinematográficas que salieron en 2025.

Y hay que entender que el cine tiene una particularidad. Por ejemplo, está el entretenimiento simple y llano, que, dicho sea de paso —como dice su nombre—, solo busca “entretener”. Sin embargo, el cine más reflexivo, como es el caso, quiere mostrar algo más. Y no es una regla escrita, pero lo usual es que si el director nos lleva por un camino totalmente infernal, al final podamos no solo tener una reflexión, sino un atisbo de luz. Para mí, el mejor ejemplo es Midnight Express, de Alan Parker, película de culto donde el protagonista, después de caer preso y pasar por todas las atrocidades posibles, tendrá su redención en un momento dado. Sirat se olvida de esto y enfoca toda su atención en hacernos pasar por el infierno de forma gratuita y sin ganancias. Es crueldad tras crueldad, sin matices y sin nada.  A diferencia de otros filmes españoles, como “As Bestas” que a pesar de arrastrarte a lo peor, te da algo de luz.

Hace daño con unos trucos de guion bastante simplones y muy vagos. Pretende hacer pasar la película por profunda o existencialista por el simple hecho de que genera dolor. Todo lo que ha sucedido hasta ahora en el guion tenía el único objetivo de traernos a este horror. Y todo lo posterior es más y más crueldad sin sentido. Y el problema no es que duela, sino que, aparte del dolor, no hay absolutamente nada más. Simplemente te incomoda… para nada.

Partiendo de la base de que el creador no debe nada a nadie (como mucho, se debe a su integridad), el espectador se entrega a él confiando en que se respete el acuerdo tácito según el cual todo sufrimiento (incluso el más excesivo, el más insoportable) tenga sentido y conduzca a alguna parte. No significa esto que la trama deba acabar bien o que de ella se deba extraer un aprendizaje. El aprendizaje puede ser, de hecho, que del sufrimiento no se aprende, que el sufrimiento es inútil; pero, para que la narrativa funcione, el sufrimiento ha de integrarse en los códigos estipulados por la trama, que es la que manda. Y, como he dicho innumerables veces en estos párrafos: no existe tal acuerdo ni nada. El director hace que los personajes sufran, que el espectador sufra y que todo lo que salga en la trama sufra porque él quiere y porque él entiende que debe ser así.

No hay guion. No hay historia. No hay profundidad. No hay trama. Y todas estas carencias se tapan con efectos emocionales, para que, al salir del cine, no puedas ni hablar y te creas que, por ello, has visto algo bueno. Nada más lejos de la realidad.

Técnicamente, Sirat tiene un apartado fotográfico excelente, gracias a un Mauro Herce que sabe cuándo aprovechar el desierto y los ocasos para lograr unos planos exquisitamente cuidados.

Al final, el filme no es más que un intento del director por tratar de ser “profundo” y enviar un mensaje que no se percibe en ningún aspecto. Si su mensaje es que todo lo que les sucede a los personajes es porque “hacen algo”, entonces el mensaje es igual que el filme: un despropósito.

Veredicto

La fotografía me encanta y ciertos momentos son disfrutables, al menos en el inicio.  Luego caemos en una espiral infernal que no tiene retorno ni recompensa.

2 / 10

Tras la muerte de su esposa en 1960, el escritor y teólogo C.S. Lewis documentó las reflexiones que tuvo durante su duelo. El libro se tituló Una Pena en Observación. Hamnet, la última película de la ganadora del Óscar, Chloé Zhao (Eternals), pudo perfectamente haberse titulado así. Basada en la novela homónima de Maggie O’Farrell, narra la historia de William Shakespeare (Paul Mescal de Gladiator II) y su esposa Anne “Agnes” Hathaway (Jessie Buckley), y su duelo tras la pérdida de su único hijo varón, tragedia que inspiró a Shakespeare a escribir su obra Hamlet.

Se nos presenta a Agnes como una mujer que lleva un estilo de vida muy en sintonía con la naturaleza y la espiritualidad, pasando sus días en el bosque, pese a las expectativas sociales de la época. En ese escenario conoce a William, que todavía no es el gran dramaturgo Shakespeare, solo un joven incapaz de sostener un empleo por mucho tiempo, quien trata de ayudar a su padre a pagar sus deudas. La conexión entre ellos es instantánea, y con el apoyo del hermano de Agnes, Bartholomew, interpretado por un Joe Alwyn (The Brutalist) que se consolida como un actor secundario sólido, se casan e inician una familia de la que procrearían tres hijos: Susanna, y los mellizos Judith y Hamnet.

Zhao establece, desde la primera escena, un lenguaje cinematográfico cargado de simbolismos y con mucha inclinación a la naturaleza, con la gran mayoría de escenas transcurriendo en espacios abiertos. Muy pocas utilizan banda sonora, enfocándose en los sonidos del medio ambiente, reflejando esa conexión que Agnes traspasa a su familia a través de la enseñanza de la botánica y la espiritualidad. Su dirección de fotografía, que se había caracterizado por movimientos sueltos de cámara (especialmente en Nomadland) ahora es más fija, presentando los elementos como una obra teatral.

La canalización del duelo, el dolor y la incertidumbre llevan a Mescal y Buckley a otorgar dos actuaciones que serán recordadas como de las mejores de la década y, en el caso de Buckley, una temporada de premios presumiblemente fructífera. Y es ese retrato tan personal de la feminidad que eleva toda la producción, haciendo que un drama de época se sienta atemporal, con las luchas, preocupaciones y sentimientos de una mujer en cualquier siglo.

Pero además, Noah Jupi, quien da vida a Hamnet, ofrece una desgarradora interpretación para un personaje tan inocente, que enfrenta la soledad y el dolor de la muerte a una edad temprana. Son así, la dupla de madre e hijo, que destacan aún más en un filme donde todas las actuaciones brillan con luz propia.

Entre las simbologías más presentes en la pantalla que Zhao utiliza como lienzo, un elemento sobresale: los agujeros. Representando el inicio y el fin de la vida. A lo largo del filme, la cámara es intencional en enseñárnoslos. En el bosque. En el nacimiento de Susanna, la primera hija de la pareja. En el entierro del halcón de Agnes, su mascota. Y en el estreno de Hamlet, la puerta por la que entran y salen los actores se transforma en un un pasadizo entre la vida y la muerte, el inicio de la obra y el final de la realidad de la que la audiencia, al igual que nosotros, escapa para escuchar una historia.

Al principio, pensé que Hamnet sería una historia sobre cómo el arte nos ayuda a atravesar el dolor. Pero no es eso exactamente, al menos no en su totalidad. William necesita escribir Hamlet. Shakespeare no está buscando canalizar su dolor, ni hacer sentido sobre el mismo, porque no lo tiene. Él necesita inmortalizar a su hijo, sacarlo de la oscuridad de la muerte y traerlo a la vida, a través del único trabajo que puede hacer: el teatro. Agnes, como espectadora, conecta con la obra y, por ende, con su creador, su esposo, compartiendo de esta forma un dolor al que no le caben palabras y con el que no habían podido coincidir.

Ahora bien, no sabemos si esto ocurrió así. Después de todo, se trata de la adaptación de una novela que toma licencias artísticas e históricas. Pero Hamnet, en su ejecución, conjuga actuaciones excepcionales de todas las edades con una puesta en escena que se siente íntima, personal, incluso teatral.

Sin embargo, su ritmo desacelerado en los primeros actos pueden crear una desconexión peligrosa que puede perder al espectador. Y si esto sucede, el clímax se siente manipulativo, como si empujara a la audiencia a sentirse de una forma determinada con una historia con la que no se identifica. Tras este ritmo Zhao tiene una intención, pero si este se ve interrumpido, la pérdida puede ser inminente.

Por eso, no creo que Hamnet sea la mejor película de todos los tiempos, como recientemente un medio publicó y cuya cita han utilizado para promocionarla. Pero si, al igual que Agnes, mantienes el corazón abierto, valdrá la pena.

Veredicto

Hamnet es una producción delicada, artística y llena de simbolismos que, para una audiencia que venga con la sensibilidad y disposición de sumergirse en su ritmo contemplativo, será toda una experiencia.

8 / 10

Uno de los temas más constantes en la filmografía de Richard Linklater es el paso del tiempo. Tal es el caso de la trilogía de Before, una larga conversación de una pareja, dividida en tres entregas: Celine y Jesse se conocen en Before Sunrise (1994), se reencuentran en Before Sunset (2004), y luego los revisitamos en Before Midnight (2014). Y sí, cada cinta se rodó con una década de diferencia. Además, es mi trilogía favorita, y la recomiendo encarecidamente.

Ni hablar de la odisea cinematográfica que representó Boyhood (2014), en la que, por doce años, el director siguió la vida de un niño (interpretado por Ellar Coltrane) mientras crecía, siempre con los mismos actores. Ambos proyectos tienen dos cosas en común: requirieron mucha paciencia, y los protagonizó Ethan Hawke (Moon Knight). Y Blue Moon es exactamente igual. Linklater (Hit Man) tenía doce años con el guion listo, pero esperó a que Hawke estuviera lo suficientemente mayor como para que este pudiera encarnar de forma creíble a su protagonista.

Foto: Sabrina Lantos – Sony Pictures Classic

Es 1946 en la ciudad de Nueva York. El influyente letrista Lorenz Hart entra al legendario restaurante Sardi’s, meca de artistas, compositores, poetas y escritores de la Gran Manzana. Hart, junto al compositor Richard Rodgers, dio vida a decenas de musicales de Broadway y canciones tan importantes del cancionero estadounidense como “The Lady is a Tramp”, “My Funny Valentine” y, claro, la que le da nombre a esta cinta, Blue Moon.

Pero esta noche, Hart está solo. Su alcoholismo y estilo de vida desenfrenado lo han llevado a que su relación con su dupla se quiebre. Y esa noche, Rodgers estrenaba el musical más grande de su carrera y por el que será recordado hasta el día de hoy. Y lo ha hecho con un letrista que no es Hart. El musical es Oklahoma!

Así que Hart, a quien un envejecido Ethan Hawke da vida, se sienta en el bar del mítico Sardi’s. Y pide un trago, pese a tenérselo prohibido a su barista Eddie (Bobby Cannavale). Y conversa con el pianista, Morty Rifkin. Y habla sobre el objeto de su más grande adoración: Elizabeth.

Ella, interpretada por una espléndida Margaret Qualley (Honey Don’t!, The Substance) es una estudiante de Yale a quien Hart le lleva más de 20 años. Se hace evidente que esta apasionada idealización es unilateral, lo que honestamente nos hace sentir aún más lástima por el pobre Lorenz.

Foto: Sony Pictures Classic

La noche continúa su transcurso, atrayendo a leyendas del entretenimiento, entre ellas el escritor E. B. White, quienes interactúan con nuestro protagonista. Son estas conversaciones las que nos continúan dando pistas sobre el estado mental de Hart, su historia con Richard Rodgers, su rumoreada bisexualidad, pero sobre todo, su amor por las palabras. La pasión por la poesía, la literatura y el contar historias que le acompañó hasta el final de sus días. Y cuyo talento nunca faltó, solo su disciplina. Hart sigue bebiendo.

Blue Moon transcurre en un solo set, el restaurante, en una sola noche. Esta estructura minimalista nos hace sentir, como audiencia, que presenciamos una obra de teatro. Los gestos, los monólogos de Hart y su interacción con los personajes habrían resultado pesados de no ser por un Ethan Hawke que entrega una actuación soberbia y madura en un papel muy distinto a lo que hasta ahora ha hecho.

Margaret Qualley continúa deslumbrando, pero es cuando entran Richard Rodgers (Andrew Scott) y su nuevo letrista, Oscar Hammerstein II (Simon Delaney) que la angustia y desesperación de Hart se ponen de manifiesto, a la vez que intenta presentar una buena cara para su querido colaborador. Esa tensión, ese intercambio que revela las dinámicas de poder y la deuda mutua que ambos poseen, añade una nueva dimensión a la historia. Y a la perdición de su protagonista, que sigue bebiendo.

Foto: Sabrina Lantos/Sony Pictures Classics

Linklater, sin embargo, siempre ha sido un storyteller optimista, que aún en sus producciones más oscuras como A Scanner Darkly siempre ofrece una luz de esperanza. El elenco ofrece ironía y momentos graciosos que aligeran una historia melancólica que, de otra forma, hubiera sido deprimente. El carisma y talento de Lorenz Hart con las palabras le hacen ver como un snob divertido y por momentos caricaturesco. Es, en otras palabras, una historia balanceada.

Esta temporada, Blue Moon no será la película más llamativa ni la más recordada. Pero nos ofrece una sutil historia sobre pasión, obsesión, el amor por el arte, y por el arte de crear. Y ese es el legado que Linklater y Hawke han querido dejar. Este es su Blue Moon.

Veredicto

Blue Moon es una dramedia inteligente y sensible, que, aunque no resulte una historia que atraiga un interés masivo, sí conmoverá a una audiencia que busque escuchar entre lo que se deja dicho, y lo que se calla.

8 / 10