Cuando se anunció la serie de «Cape Fear» las alarmas se encendieron, porque era difícil lograr superar esa película de Martin Scorsese de 1991 con un Robert De Niro en estado puro y Nick Nolte junto a Jessica Lange dando cátedras de actuación.

Apple anunció que Javier Bardem iba a interpretar a aquel desquiciado preso que busca venganza, pues ya todo el interés estaba en la mesa a espera de su estreno, sin embargo nada más hizo estrenarse y ver uno que otro capítulo para darse cuenta que esto no era lo que se esperaba. Primero que nada; ¿de qué trata «Cape Fear»? El estado acusa a un hombre llamado Max Cady de asesinato y lo pone tras rejas. 17 años después, esa persona sale libre por un spoiler que no contaré aquí, y tras salir decide acosar a su abogada por haber perdido el caso. Naturalmente este acoso está dirigido no solo a la abogada sino a su familia, llevándolos poco a poco a un espiral de locura del cual no encuentran cómo salir.

Amy Adams interpreta a la abogada Anna Bowden, mientras que Patrick Wilson interpreta a Tom Bowden, esposo de Anna y ex fiscal del estado de Florida. Javier Bardem interpreta a Max Cady mientras que Lily Collias a Natalie, la hija de los Bowden, Joe Alfie Winslet (hijo de la increíble Kate Winslet de «Mare of Easttown«), a Zack, el hijo menor de los Bowden. A nivel actoral es, para mí, lo que más brilla y puede hacer que las personas se queden hasta el final. Cada actor logra una excelente actuación a un nivel tal, que es difícil creer que sea actuación. Destacando por mucho Javier Bardem y Amy Adams, aunque Patrick Wilson podía lograr mucho más, pero el guion no le ayuda suficiente a seguir desarrollando su personaje.

Ahora bien, la serie tiene dos grandes problemas. El primero es a nivel creativo con el guion, el cual por alguna razón, a Nick Antosca, showrunner de la serie, le dio con enfocarse más en el libro en que está basada la historia pero al mismo tiempo en la serie, logrando así una mezcla dantesca. Es cierto cuando decía que no era un «remake» sino una «adaptación» pero hay momentos en que se olvida de qué está adaptando y hace un remake de la película. El guion se esfuerza en darnos un Max que está realmente acosando a la familia, pero lo que vemos es un tipo que se aparece en todos lados hablando y actuando de forma extraña. Incluso, es curiosa la decisión del showrunner de contratar directores de dramas para dirigir los episodios, cuando debieron contratar directores enfocados en el terror. Mientras «Maximum Pleasure Guaranteed» tiene a David Gordon Green dirigiendo el primer capítulo, «Cape Fear» tiene a Morten Tyldum, excelente director pero no está familiarizado con el terror, haciendo que tengamos una serie que por momentos se siente más dramática que terrorífica.

El segundo gran problema es a nivel estético, lo cual va a cargo del showrunner y esto es culpa total de Nick. La música de Jeff Russo por momentos se siente tan molesta que parece comedia. En cada escena es incluida para representar «peligro» pero es tan constante que se pierde completamente. De hecho, en el segundo capítulo, mientras se está conversando en un vehículo bajo la lluvia, la música suena y no pasa nada. Solo es una conversación.

En cuanto a la fotografía de Eben Bolter y Celiana Cárdenas, es para juzgado civil. Esos verdes son tan intensos y tan innecesarios, que en escenas donde hay blancos, parecen verdes, y donde hay azules parecen verdes. Inaudito.

Al final del día, «Cape Fear» es una serie que podía ser buena y tiene todo lo necesario para serlo: productores como Steven Spielberg y el mismo Martin Scorsese, Apple TV amparándola, actores excelentes, pero Nick Antosca, no sé si por decisión propia para darle «su sello de identidad» o cuál será la razón, decide hacer algo experimental donde se pierde totalmente. El capítulo dos es un ejercicio de cómo no ser experimental en una serie.

Veredicto

Entretenida miniserie por las actuaciones pero que no da justicia ni al libro ni a la pelicula de 1991.

4 / 10

Alejandro Magno, el rey macedonio y comandante militar que, con 30 años, logró conquistar buena parte del mundo antiguo, dormía con dos cosas todas las noches: una daga, y un ejemplar de La Ilíada que le regaló su mentor, Aristóteles. La Ilíada y La Odisea forman parte de una obra monumental, cuya influencia cultural fue  tan grande que impactó las leyendas de cientos de culturas y, eventualmente, en todo medio que cuente historias.

Así que, para un director como Christopher Nolan (Tenet), quien se ha caracterizado por explorar temas trascendentales como el tiempo, la guerra y los dilemas morales, pero también por un alejamiento de los sentimientos y tecnicismos muy particulares (fotografía desaturada, diálogos inaudibles y cortes constantes), las expectativas por este proyecto estaban mezcladas.

Luego de Oppenheimer (2023), que sin dudas es un hito cinematográfico, pero no necesariamente uno que me haya encantado por su forma de abordar sus distintas y densas tramas, tenía la sospecha de que vería una historia con un ritmo apresurado, considerando la longitud del material original. Pero es ahí donde este aspecto, y muchos otros, me sorprendieron para bien.

Para repaso, La Odisea narra el regreso a su hogar de Odiseo, rey de Ítaca y militar caracterizado por su inteligencia, tras la mítica guerra de Troya. Odiseo emprende así una jornada que le tomará diez años y en la que él y sus hombres se enfrentan a monstruos, gigantes, brujas y sirenas luego de que este desafíe a los dioses repetidamente. Mientras, en su hogar, su esposa Penélope (Anne Hathaway de The Devil Wears Prada 2) es forzada a aceptar a uno de sus pretendientes y su hijo Telemaco (Tom Holland de Spiderman), decide investigar sobre su paradero.

Como toda adaptación, Nolan toma decisiones creativas, y la más importante es su protagonista, con Matt Damon ofreciendo una interpretación de la que no tengo otro adjetivo que hermosa. El enfoque deja de ser su “hubris”, es decir, orgullo desmedido, como la causante de sus desventuras, y en su lugar se enfatiza en aquello que viene después. Estamos viendo al mismo Odiseo, pero desde la perspectiva del siglo XXI. Encarna una masculinidad inteligente y valiente, y también a un hombre cuyo arco incluye el enfrentar sus propios traumas, decisiones, y aquellas promesas que no pudo cumplir (esto en una escena poderosísima que probablemente sea mi favorita). Empleando para esto, de forma inteligente, la oportunidad de que sea el mismo Odiseo que recuerde en su propia línea de tiempo, recurso similar al que se utilizó en su predecesora Oppenheimer.

Otra manera en la que La Odisea es un resultado de nuestro tiempo es que termina siendo un producto mucho más anti guerra de lo que originalmente era, y de manera casi no intencional, resulta hasta religiosa. Odiseo ha sido bendecido por los dioses con una inteligencia fenomenal para la guerra, pero este no les honra de la forma debida, no por desprecio, sino por lo que podríamos considerar indiferencia o hasta falta de fe. Nolan conversa con Homero y todos los bardos que le precedieron, y se pregunta qué sucede cuando desafiamos la ley del cielo, aún cuando nuestros impulsos y autoengaño nos convenzan de que estamos tomando la decisión correcta. Y concluye en una forma poética cómo la única forma de regresar, es la rendición.

En cuanto a aspectos técnicos: brilla el ensamblaje que logra convencernos de que Anne Hathaway, Tom Holland, Mia Goth, Robert Pattinson y John Leguizamo no han hecho otra cosa que vivir en Ítaca toda su vida. Matt Damon encarna un tormento que solo quienes han llevado a cientos a la muerte pueden tener, Hathaway revelando un personaje complejo pese a la torpeza de la escritura de su diálogo en algunas escenas, y Holland llevando el aire de inocencia de alguien que necesita desesperadamente ser tomado en serio. Así mismo destacan Elliot Page como Sinón y Himesh Patel como Euríloco, quienes son parte de los hombres de Odiseo.

La Odisea de Nolan, no obstante, se ve empañada en dos aspectos: el primero, imperdonable, es su diálogo en situaciones puntuales, no porque no hablen un inglés “antiguo” o porque no hablen griego, sino por la forma en que este aborda sus conceptos. Esto lo vemos en una conversación de Penélope con Telemaco, y luego haciendo referencias bastante “in your face” sobre elementos de la época.

El otro es la falta de una banda sonora recordable. Hans Zimmer compuso para casi todas las películas de Nolan hasta 2020, cuando el primero priorizó trabajar en la primera parte de Dune en lugar de Tenet. Desde entonces, Ludwig Göransson (protégé de Zimmer) ha sido su colaborador. Y aunque Göransson y su equipo realizaron un trabajo de investigación importante, utilizando instrumentos tradicionales de la época, los temas no son memorables como Inception o Interestellar o, si quiera como en otros trabajos del compositor, quien este año ganó su tercer Óscar por su excelente trabajo en Sinners.

No obstante, su edición que logró hacer que un largometraje de casi tres horas se sintiera corto, fotografía que se atrevió a ser más viva (las escenas en el mar principalmente), y sobre todo la profundidad de los temas que toca y cómo los lleva a nuestro tiempo actual, valen por mucho más. Su diseño de sonido es, y sé que es un cliché decirlo, una experiencia que merece ser vivida en el cine. Y es por eso que La Odisea es, probablemente, el evento cinematográfico de la década y una de las obras más importantes de nuestro tiempo, tanto por sus logros a nivel técnico como por los temas que plantea.

Y sí, Nolan puede ser un director muy polarizante. Hay quienes detestan su estilo particular, lo consideran sobrevalorado o pretencioso. Otros lo alaban al punto de caer en el fanatismo de un hincha de Argentina promedio. Pero lo bello de La Odisea es que su extensión tiene algo para todo el mundo, y en 2026 aún continuamos buscando narrar nuestras propias luchas, inquietudes y arrepentimientos a través de lo que Homero, y los bardos antes de él, contaban.

Veredicto

La Odisea es una maravilla técnica y temática en la que las inquietudes por nuestra sociedad actual se ven reflejadas en una historia milenaria. Con casi todos los elementos que la componen a su favor, solo su escritura en momentos puntuales evita que sea perfecta. Sin duda, Christopher Nolan ha logrado uno de los trabajos definitorios de nuestro tiempo.

9 / 10

“En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia.” 

En 1945, el escritor argentino Jorge Luis Borges publicó el que llegaría a ser uno de sus cuentos más conocidos, El Aleph. En él, su protagonista presencia, a través de una esfera, todo lo que está ocurriendo al mismo tiempo y en todos los lugares. Casi quinientos años antes, Dante Alighieri había escrito La Divina Comedia, en la que él experimenta el infierno, el purgatorio y el paraíso, guiado por su amor ideal, quien como en el cuento de Borges, se llama Beatriz. Un argumento podría hacerse de que Backrooms es, guardando las diferencias, el Aleph de mi generación.

Un concepto nacido de los creepypastas de internet a partir de una foto, la idea de los espacios liminales multiplicándose de forma infinita, con habitaciones iguales y contenidos variados, despierta una fascinación casi primitiva que ha obsesionado a miles de personas alrededor del mundo. Tanto, que un joven de 20 años llamado Kane Parsons filmó una serie de YouTube basada en ella, tan exitosa que A24, en colaboración con varias productoras, le ofreció la oportunidad de dirigir un proyecto.

Es 1990 en Santa Clara, California. Clark (Chiwetel Ejiofor, de The Life of Chuck) es el dueño de una tienda de muebles tan noventera que se llama The Ottoman Empire. Lucha contra su alcoholismo, sus sentimientos tras su divorcio y el hecho de que su negocio se está yendo a la quiebra. Y en ese proceso lo acompaña Mary (Renate Reinsve, de A Different Man), una terapeuta y autora especializada en ayudar a las personas a romper con los ciclos que no les permiten avanzar.

Una noche, Clark descubre un portal hacia los Backrooms en el sótano de su tienda, hecho que lo fascina y lo mueve a explorarlos durante los siguientes días. Es en medio de esa obsesión que nosotros, como audiencia, nos vemos sumergidos en ese ambiente que te envuelve a la vez que te asfixia, con su papel tapiz, alfombra anticuada, luces fluorescentes y sonidos perturbadores.

Backrooms ofrece un despliegue de talento en el que cada parte técnica contribuye a crear ese ambiente. Un diseño de sonido magistral que permite mover al espectador a sentir más allá de lo que se le enseña, construyendo la tensión necesaria para dar la sensación de que estamos ahí; no entendemos exactamente qué ocurre, pero algo definitivamente no está bien. La dirección de arte trabaja mano a mano para que la ubicación de los objetos y la forma en que estos interactúan con el espacio virtualmente infinito nos hagan sentir incómodos y confundidos.

A nivel actoral, tanto Ejiofor como Reinsve dan interpretaciones a la altura de la tarea, con gran expresividad y de manera auténtica. Reinsve, que parece venir en una racha generacional tras Sentimental Value y la próxima Fjord, transmite la brutal lucha interior que vive su personaje, Mary, sin necesidad de expresarla de forma verbal. Ejiofor, por su parte, encarna una personalidad herida y victimizada, que se preocupa más por buscar culpables en sus circunstancias que por resolverlas.

Kane Parsons logra un debut directorial del que muy pocas personas en la industria pueden presumir. Más allá del éxito descomunal que ha representado la taquilla de la película, es gratificante ver cómo su visión, clara desde sus videos virales, se ve transmitida en una puesta en escena perturbadora a la vez que sugerente, con elementos psicológicos que entienden muy bien lo que desean que el espectador sienta.

Y pensando en ello, es increíble lograr tanto con una historia que no está ofreciendo mucho. No creo que Backrooms se enfoque en factores externos más que en su lore, lo cual ha sido una queja constante de las audiencias jóvenes que, aparentemente, esperaban un post de Reddit dramatizado, a la vez que algunos puristas del género se quedaron con ganas de un horror más sustentado. Yo, por mi parte, pienso que posee los elementos necesarios para construir un escenario con posibilidades casi infinitas. El marco es tan rico que opaca una historia quizá demasiado sencilla, pero necesaria para enfatizar los aspectos psicológicos del espacio protagonista.

En los últimos años, el terror se ha vuelto más sugerente. Más allá de entes sobrenaturales y monstruos grotescos, el verdadero horror se ha cristalizado en la intención humana. Esa capacidad para hacer daño, como lo hizo la tía Gladys en Weapons, está muy viva. Y habita entre nosotros.

Al final, todos veremos algo distinto en los Backrooms; parte de su popularidad viene de ello. Ochenta años atrás, Borges imaginaba bibliotecas y laberintos infinitos. En 2026, podemos encontrarnos frente a frente ante las excusas que ponemos para nuestro comportamiento, o los recuerdos que no podemos borrar. Sea lo que sea, es imposible ver este trabajo en pantalla y no sentir fascinación, perturbación y la sensación de que tienes más preguntas que respuestas.

Veredicto

Backrooms captura la esencia escalofriante y perturbadora del concepto desde el que nace, con actuaciones formidables que compensan la superficialidad de su historia ante la profundidad de su idea.

7 / 10

Al igual que su primera parte, en esta secuela llamada “The Devil Wears Prada 2”, la moda y el glamour son básicamente lo que más destaca.

Y es que, en esta ocasión, la película, dirigida una vez más por David Frankel y con un guion, otra vez, de Aline Brosh McKenna, trata de darle un giro radical y orientarlo más a la novela de Lauren Weisberger y no a la adaptación que se hizo de la misma. De entrada, creo que es una de las cosas más interesantes que tiene el filme, y es que el guion toma lo mejor de los dos libros (sí, hay dos libros) y, sin querer separarse de su esencia, lo adapta para así poder hacer no solo una comedia dramática sobre la moda, sino que toca otros temas mucho más contemporáneos, como la desaparición de la prensa escrita y cómo los reporteros prefieren buscar clickbait antes que dar una buena noticia.

“The Devil Wears Prada 2” hace un envoltorio sobre la moda para realmente criticar la sociedad consumista y el periodismo vacío de hoy en día. Es algo tan inesperado que, cuando lo tienes de frente, no puedes creer que vaya por ese camino y no es hasta que termina que te das cuenta de que, en realidad, es algo tan inteligente que agradeces que alguien haya hecho un guion sobre esto. Porque la película de Frankel podía irse a lo seguro sin ningún problema e iba a vender, y probablemente funcionaría con un drama cómico sobre la moda, mucha ropa de diseñador y todo lo que la anterior traía, pero no: decide por momentos hacer una revisión de sí misma e incluso una mirada retrospectiva a la primera película.

Luego está el segundo punto, con el cual también hace que la experiencia sea gratificante: TODOS volvieron. Y cuando digo todos, no solo me refiero a guionista, director y actores, sino también al encargado de la fotografía, que es Florian Ballhaus, y con el cual estamos viendo una réplica de la primera, pero mucho más madura. También vuelve Theodore Shapiro en la música y, de nuevo, SE SIENTE QUE ESTAMOS VIENDO LA PRIMERA PERO MEJORADA. Es increíble. De verdad que es muy placentero, y más cuando empiezas a ver a los actores que estaban en la primera, el decorado y todo. O sea, es una increíble sensación de estar en el mismo lugar, pero con experiencia. Esta sensación hace que el espectador que vio la primera en su momento se sienta identificado, pero al mismo tiempo, como toca otros temas y con otras perspectivas, hace que el espectador nuevo también pueda adentrarse. Una jugada muy inteligente y maravillosa que garantizará que la película, a partir de su estreno, sea una de las más vistas y vendidas de este año. Casi seguro de ello.

The Devil Wears Prada 2

En actuaciones yo no tengo que decir nada. Todos vuelven, menos Adrian Grenier y Simon Baker, y algún que otro secundario que, a mi entender, no aportaba nada a la historia. Esta vez tenemos a un Justin Theroux que cumple, Kenneth Branagh que también cumple, Lady Gaga que no es tan excéntrica como estuvo en “House of Gucci” (terrible), pero si debo quedarme con algún personaje nuevo, pues sería Lucy Liu, ya que realmente se siente fresco y diferente. Luego está el cuarteto principal de Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci, que hacen un trabajo impecable, principalmente Streep y Tucci.

Al final del día, “The Devil Wears Prada 2” es una excelente película que celebra la primera entrega, regala guiños a los fans de aquella, pero sienta las bases para las nuevas generaciones. Pero además de todo eso, es un filme inteligente que aprovecha sus virtudes para no solo hacer una comedia dramática entretenida, sino también para hacer una crítica mordaz a la sociedad actual sin necesidad de sentirse fuera de lugar.

Veredicto

Ofrece a los fans lo que quieren, pero también tiene algo de cerebro detrás.

7 / 10

Michael”, de Antoine Fuqua, no es la gran obra maestra de los biopics, pero está lejos de ser tan mala como quieren algunos hacer creer.
En un mundo donde tenemos “Better Man” o “A Complete Unknown”, las cuales salen de lo que es la fórmula para este tipo de películas, “Michael” recuerda mucho a lo que se hizo con “I Wanna Dance With Somebody”, la cual entretiene a los más fans de los artistas, pero al crítico cinematográfico le resulta mediocre.

El guion de John Logan busca dividirse en dos partes —quién sabe si idea del director, del productor o del mismo guionista—, pero esta primera parte se enfoca en lo que es su niñez y su adultez y fama hasta 1990, por lo que la segunda parte abarcará el resto, o al menos eso esperamos. Es bueno recordar que John Logan es un prestigioso guionista que nos regaló “Gladiator”, por lo que tiene talento para describir con lujos de detalles a los personajes y darles momentos para su desarrollo. Pero aquí entra la dirección de Fuqua a decir lo contrario: personajes estereotipados, conflictos planteados con torpeza, no hay sutileza ni nada. La dirección es torpe y pareciera que es de alguien que no conoce al aclamado Rey del Pop. Es inaudito y una falta de respeto haber realizado la icónica escena cuando hace el baile del moonwalk y que no cause NADA de impacto.

Que nadie espere aquí alguna referencia a las acusaciones que lo perseguirían durante buena parte de su vida ni cuestiones ligadas a su intimidad: hay algunas viñetas sobre cuestiones muy conocidas (su obsesión por Neverland y Peter Pan, por los animales y por ayudar a los niños con enfermedades terminales) y un único gran conflicto: la relación con su tiránico, despótico, controlador, manipulador, exigente y abusivo padre Joseph (Colman Domingo en plan villano de Marvel), que solía castigarlo con su cinturón ante el más mínimo error, y cierta contención afectiva por parte de su madre Katherine (Nia Long).

El problema principal de “Michael” no es que sea absolutamente concesiva y tranquilizadora respecto de las zonas más controvertidas del astro, sino que tampoco funciona bien en los términos más básicos; es decir, como descripción del ascenso a la fama de un genio de la música, el canto, el baile y la promoción. Sacrifica la complejidad dramática de un artista que tenía un repertorio musical extraordinario pero una vida llena de dramas complejos, tristes y, sobre todo, absorbentes.

Michael

Sin embargo, la parte actoral del novato Jaafar Jackson —hijo de Jermaine Jackson y sobrino de Michael Jackson, que nunca antes había actuado en una película— hace un extraordinario trabajo de imitación, de mímesis, tanto de la voz como del look, de los gestos y de los movimientos electrizantes en cada una de sus coreografías. Es penoso que le haya tocado este director, quien tal vez no pudo sacarle y exprimir lo mejor al joven, porque la verdad es que se siente ver a Michael Jackson en pantalla. Un trabajo espectacular.

Eso sí, a nivel técnico la película gasta todas las balas. Las escenas de los conciertos en vivo son de una espectacularidad inmensa y el sonido más la música hacen lo suyo. De verdad que dan ganas de pararse y bailar todas y cada una de las canciones que suenan.

Al final del día, “Michael” es una película que puede funcionar con los más fans del artista, pero no con un crítico de cine que busca más que música: una buena película biográfica de un personaje tan, pero tan importante para la música como lo es Michael Jackson. Una pena que el director mantenga al personaje de su película como un personaje y no trate de darle vida dentro de pantalla, porque —de ser así— estaríamos hablando de la mejor película de biopic.

Veredicto

l resultado final es eficaz: un biopic que se disfruta como concierto pero no como pelicula.

5 / 10

En el cine, el “coming of age” se refiere a películas o series donde la trama gira alrededor del paso de la adolescencia a la adultez. “Euphoria” no es el caso.

No me malinterpreten. Sí es una epopeya millennial sobre adolescentes en un colegio, y es cierto que el género puede mezclarse con otros, como ocurre con “Wednesday”, que une comedia y horror, o “Ms. Marvel” con superhéroes. Sin embargo, la creación de Sam Levinson, por alguna razón, se enreda en una telaraña de situaciones que, aunque resultan sorprendentes, son poco creíbles, y eso impide emocionarte o conectar del todo con los personajes, pues la única conexión real proviene de sus excelentes actuaciones.

El problema del guion no es que cueste creer a una chica adicta a las drogas o a una chica trans, sino que es difícil aceptar que dos adolescentes sean narcotraficantes y que todo el pueblo visite sus casas para hablar con calma de temas triviales sin que la policía intervenga jamás. Es complicado creer todas las historias de estos personajes menores de edad y que los únicos adultos visibles sean un pedófilo que, inexplicablemente, nadie reconoce como tal aun actuando abiertamente y guardando evidencias, y una madre que pasa casi todo su tiempo trabajando. “Euphoria” siempre ha desafiado al espectador con un nivel de incredulidad cercano a lo absurdo, y en esta tercera y última temporada eso se intensifica.

Por alguna razón, la idea que eligieron después del excelente final de la segunda temporada fue que la historia sucediera cinco años después de que los estudiantes de East Highland High terminaran sus estudios y entraran al mundo adulto. La serie inicia mostrando breves vistazos de cómo va cada personaje, dejando al espectador dudando si esto es un fanfiction de “Euphoria” o realmente una continuación.

Por un lado, la narración inconexa a lo largo de los episodios genera una experiencia sin impulso. Por otro, es una temporada centrada en personas atrapadas en rutinas, incapaces de encontrar rumbo y en plena crisis de identidad.

Si el objetivo es reflejar la falta de dirección y el caos de las crisis del cuarto de vida mediante un programa que tampoco logra mantener una línea clara de pensamiento, entonces, misión cumplida. Pero eso se siente terriblemente superficial para una generación que intenta constantemente encontrar nuevas formas de mantenerse a flote. Y el problema no es que los personajes no encuentren su camino, sino que el director no sabe cómo contarlo, y cuando lo intenta, lo hace de forma superficial. Lo más lamentable es que el elenco ha demostrado tener talento para interpretar a estos personajes, pero Levinson, al no saber cómo desarrollar la historia, los contiene innecesariamente, excepto Rue (Zendaya), que vuelve a demostrar su nivel interpretativo.

Euphoria

Jacob Elordi y Sydney Sweeney tambien logran llevar unas mejores interpretaciones (aunque retenidos) y en esta ocasión tienen mas tiempo en pantalla que incluso Hunter Schafer, que apenas hace algo en los tres primeros capítulos.

A nivel técnico mantiene la calidad de siempre, aunque se siente aunque por muchos momentos se siente hueco.  En la música se suma Hans Zimmer, una leyenda, que le da un toque mas adulto al sonido juvenil y electrónico de Labrinth.  La fotografía de Marcell Rév vuelve a jugar con los neones y esos interiores brillantes.

La tercera y última temporada de “Euphoria” rompe lo que la segunda había logrado: la maduración de sus personajes. Rue, decidida, dejaba atrás su relación tóxica con Jules, estaba libre de las drogas, y Levinson usaba una obra de teatro como paralelismo de cómo ella observaba su vida desde fuera, mientras Rue se perdía en el horizonte, relajada y feliz tras haber madurado. Y ahora parece sugerir que no podemos simplemente crecer y abandonar esos hábitos, porque nuestro propio pasado no nos permitirá hacerlo.

Veredicto

Eso es escritura perezosa. Sacrifica la profundidad por el absurdo.

4 / 10

The Boys” es sin duda una de las mejores series que existen. Todo lo referente a la serie es una crítica paródica sobre la política, el entretenimiento y las conversaciones de masas a nivel mundial, empujada en una trama de superhéroes.
Cuando Marvel anunció que “Deadpool” era una propuesta arriesgada, parece que no habían visto la creación de Eric Kripke, Evan Goldberg y Seth Rogen, quienes no han tenido el mínimo pudor para guardarse algo, y en esta última temporada tiran todo al asador y aceleran sin frenos.

The Boys

La trama se la saben todos: un grupo llamado “The Boys”, que son humanos, está luchando contra una corporación que controla a los superhéroes, y tanto la empresa como los héroes son personajes horrendos en todo el sentido de la palabra. Sin embargo, temporada tras temporada, la serie va avanzando con una subtrama mucho más interesante, la cual en esta última —siguiendo lo que había quedado en la 4.ª temporada— muestra a Homelander encontrando una forma de ser eterno y no envejecer, por lo que busca por todos los medios posibles lograr ese objetivo, mientras que el mundo está totalmente polarizado, creando una especie de guerra civil, y “The Boys” buscan detenerlo.

La mirada más desesperanzada sobre una sociedad desencantada y necesitada de ídolos a los que aferrarse se hace más evidente, y aquí el guion es el que hace gala de presencia. A diferencia de temporadas pasadas, y que a partir de la 4.ª los creadores querían dejar claro que Homelander no es un personaje al cual seguir y lo llevaron a depravaciones morales más salvajes posibles, aquí van por el mismo camino e incluso un poco más, porque le suman un nivel al escalón uniéndolo con otro personaje cuestionable, como es Soldier Boy, y llevando todo esto a la política directa. El guion es genuino, satírico, pero sobre todo muy directo y no busca irse por las ramas. Categorizar la serie como “woke” es sin duda no haberse dado cuenta de que siempre lo fue y que siempre fue política; sin embargo, anteriormente fue muy, pero muy sutil en sus críticas y sátiras, mientras que ahora es bastante directa y clara. De hecho, tiene una escena muy particular —que no desvelaré porque es spoiler— pero que es abiertamente algo que se vio en la política estadounidense no hace mucho tiempo, haciendo que sepamos de antemano lo directa que busca ser.

La guerra de superhéroes es más ideológica; utilizan muchos metamensajes, se aprovechan de la psicosis colectiva, y todo esto se logra de manera efectiva con actuaciones impecables. Los nuevos personajes están muy bien logrados a nivel de actuación, pero no nos equivoquemos: lo que no es sorpresa es la interpretación de Karl Urban, que está espectacular. Laz Alonso también logra tener mejor tiempo en pantalla, y sin duda Tomer Capone como “Frenchie” y Karen Fukuhara como “Kimiko” están muy acertados. Pero todo el pastel sabemos que se lo lleva Antony Starr con su interpretación de “Homelander”, que en esta ocasión, como última vez, es magnífica. No solo ha sabido mantener la calidad psicótica, sino también la emocional, porque en esta última oportunidad está totalmente desquiciado y al punto de explotar. Totalmente impredecible.

Todo lo demás está bien. Cumple como siempre. La música pasa súper desapercibida, los efectos están bien logrados, y la ultraviolencia es, como siempre, gráfica y exagerada.

Al final del día, “The Boys” es una de las mejores series, como ya he dicho, y sin duda será tema de conversaciones en redes y fuera de ello. Estoy deseando que Amazon, en su eterna hipocresía, la quiera vender de forma física para comprarla en Blu-ray y no tener que depender de una suscripción para verla… tal como hace Vought.

Veredicto

La serie mantiene un excelente equilibrio entre acción, humor negro y el drama, con una sátira super exagerada y una critica mas directa.

8 / 10

Project Hail Mary” es sin duda otro de los grandes logros de los directores Phil Lord y Christopher Miller, quienes en el 2023 trajeron la increíble “Spider-Man: Across the Spider-Verse”, casi convirtiendo la saga en una de las mejores, con una animación impecable.

Sin embargo, es en el 2012 que inician en el cine con “21 Jump Street” y tuvieron que pasar más de 10 años para que vuelvan al cine live action, con un guion del excelente y siempre correcto Drew Goddard, basado en una novela de Andy Weir, autor de “The Martian”, de la cual Ridley Scott en su momento le sacó bastante provecho y que, dicho sea de paso, Drew Goddard hizo también el guion en su momento (que, por lo visto, es fan del autor).

Protagonizada por Ryan Gosling como Ryland Grace, un profesor de secundaria que despierta solo en una nave espacial sin recuerdos, formando parte de una misión espacial para salvar la vida en la Tierra, la película combina ciencia dura, humor inteligente y una emotiva historia de supervivencia. Lord y Miller regresan al live action con una dirección ambiciosa que equilibra espectáculo visual y momentos íntimos, logrando que una trama de salvar el mundo se sienta cercana y muy humana. Algo que MUY POCOS DIRECTORES pueden darse el lujo.

Lo más llamativo de “Project Hail Mary” es la actuación de Gosling, quien entrega su mejor performance hasta la fecha en su carrera: carismático, vulnerable y muy gracioso, convierte a un «tipo normal» en héroe creíble. Sandra Hüller se destaca en un rol diferente a los papeles dramáticos que suele componer. Pero la verdadera estrella y sorpresa es Rocky, el alienígena compañero, todo un logro técnico y emocional que genera un vínculo inolvidable, lleno de comedia y ternura. Esta dinámica de buddy-movie en el espacio recuerda el estilo juguetón de los directores, pero en una escala épica y con corazón profundo, haciendo que la química entre humano y extraterrestre sea lo más entrañable posible, superando incluso a muchos personajes de Disney que buscan ser entrañables y no lo consiguen (o lo consiguen a medias).

Visualmente, la película es imponente: la cinematografía de Greig Fraser ofrece secuencias espectaculares del espacio, con un toque cálido que evoca otros títulos similares y épicos, pero con mayor optimismo y ligereza. La ciencia es accesible y divertida, celebrando la curiosidad y la colaboración sin caer en lo pedante. El tono esperanzador y nada cínico refresca el género, convirtiéndola en todo un placer que emociona, hace reír, llorar y deja con ganas de más.

La música esta a cargo de Daniel Pemberton, un viejo conocido de los directores, y que incluso fue la banda sonora para “The Materialist”.  No es que la música dañe la experiencia, pero si le hace falta más épica, algo que un Lorne Balfe hubiese conseguido sin mucho esfuerzo y que le hubiese sumado muchísimo al filme.

Si alguien me hubiera dicho que la película más emocionante del 2026 iba a ser, en esencia, un profesor de secundaria haciendo «regla de tres» en el espacio, no lo habría creído. Pero aquí estamos. “Project Hail Mary” no es solo otra odisea espacial; es la prueba de que se puede salvar la humanidad sin necesidad de discursos épicos ni explosiones gratuitas cada cinco minutos. Es la prueba de que el buen cine no necesita un discurso ideológico.

Es la increíble prueba de que, como en la salvación de la humanidad, el buen cine se puede lograr con optimismo y amor por los demás. Desde ahora, la película de “Project Hail Mary” se convierte no solo en una de las mejores del año, sino en una de las mejores de la década.

Veredicto

Esto hay que verlo en cines, y si es IMAX mucho mejor.  Para esto fue que se creo el cine.

9 / 10

Con “Scream 7” (sí, ya llevamos siete partes de lo que inició como una especie de broma de mal gusto) ya no hay más nada que buscar.

Y no me malinterpreten, hay todo un público amante del género del slasher y yo estoy ahí incluido, pero esto dejó de ser una crítica social para convertirse en una parodia de sí misma. Con la polémica de la salida de Melissa Barrera como un protagónico interesante en la anterior “Scream 6” y que se supone repetía ahora, y con la incorporación de Kevin Williamson en la dirección, haciendo a un lado la renovación con nostalgia que estaban logrando Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett, pues todo está servido para ser un desastre y así ha sido… a medias.

Los personajes son todos planos, algo que al menos en los slashers carece de gracia porque se supone que es una crítica a ciertos tipos de personas y ciertas situaciones sociales, y en el caso de Scream es una crítica a los adolescentes y al cine de terror. No se salvan ni siquiera Neve Campbell ni Courteney Cox, que son traídas de vuelta. Isabel May hace lo que puede y parece que, a falta de Melissa con fuerza actoral, no puede hacer mucho. Asa Germann se la pasa con cara de sueño, y ni hablar de Sam Rechner. La verdad es que todo el elenco de “Scream 7” pierde toda la fuerza en esta entrega.

Debo admitir que, aunque la película tiene suficientes elementos para no aburrirse (incluidas muchas conexiones con la primera entrega), es cierto que se ha perdido gran parte de la chispa que Bettinelli y Gillett aportaron en sus películas. Aunque Sidney tiene suficiente empaque y sostiene la película, se ha quedado huérfana de personajes secundarios brillantes (me supone especial dolor la insoportable Mindy, más contenida en esta ocasión), por lo cual el espectador pierde gran empatía con ellos; esto supone que la tensión disminuya, dado que verdaderamente no nos “dolerían” esas pérdidas.

Y por si fuera poco, parte de la gracia de la saga era su metacine, el cual ha desaparecido por completo, incluyendo ese humor negro y absurdo que tenía por momentos. Pero lo que es imperdonable es la resolución de la película, cayendo en una falta de respeto al espectador.

Al final, “Scream 7” es una película que pasa sin penas ni gloria y está más envuelta en polémicas que en lo que pueda aportar. Ya la saga no daba para mucho, aunque se estaba llevando por buen camino. Y según lo que parece, habrá otra más.Top of FormBottom of Form

Veredicto

¿Cuando acabara esto?

2 / 10

Cumbres Borrascosas es quizás, junto a Jane Eyre y Orgullo y Prejuicio, una de las novelas clásicas de mayor culto en la actualidad, especialmente en el público femenino. Es también la única de las tres que no ha tenido una adaptación que deje a la mayoría contenta.

Y es que, pese a considerarse del género, hay muy poco romance en la historia que Emily Brontë escribió a los 27 años. El último intento de adaptación con el nombre Wuthering Heights se estrenó hace poco, dirigido por Emerald Fennell (Promising Young Woman) y protagonizado por Margot Robbie (Barbie) y Jacob Elordi (Euphoria).

Fennell desde el inicio dejó muy claro que esta no sería una adaptación fiel al libro. Al contrario, durante el proceso de filmación, posproducción y prensa, fue muy vocal sobre su deseo de realizar una película sobre lo que ella “sintió” la primera vez que lo leyó, siendo adolescente.

Como alguien que también leyó Cumbres Borrascosas a esa edad, puedo decir que la señora Fennell y yo tuvimos experiencias muy distintas. Mientras yo solo recordaba una obra que, lejos de ser romántica, retrataba una obsesión enfermiza que se tradujo en la miseria de dos hogares por dos generaciones, la directora evoca (sin necesariamente traducirlo efectivamente en pantalla) una historia romántica, sexual y colmada de una locura febril.

Y no hay nada malo con hacer fanfiction. No es la primera ni la última vez que se hará algo así en el cine; ejemplos sobran: Joker, Constantine o incluso Blade Runner son adaptaciones libres de su obra madre. Wuthering Heights no peca de no ser fiel al material original, porque nunca lo intentó. El problema es lo que se hace con esa adaptación libre.

Catherine es la hija única del señor Earnshaw, un terrateniente ludópata, violento y alcohólico que un día aparece en casa con un chico al que ella misma bautiza como Heathcliff, en honor a su difunto hermano (quien no existe en esta versión).

Mientras, en medio de los constantes maltratos del padre de Catherine —siendo Heathcliff el mayor receptor— es obvia la atracción que ambos sienten, esta se ve interrumpida por la llegada del magnate de telas Edgar Linton (Shazad Latif).

Linton y su pupila Isabella (Alison Oliver), quienes en esta versión no son hermanos, llegan a la vecina Granja de los Tordos, donde Cathy pasa una temporada y sale con una propuesta de matrimonio. La desaparición de Heathcliff tras escucharla decir que casarse con él la rebajaría, por su falta de fortuna, la lleva a aceptar a Edgar.

Pero años después, cual galán de telenovela (O Dwight de The Office disfrazado de millonario), nuestro protagonista regresa rico, elegante y guapo, a ejecutar su venganza y recuperar el amor de Catherine.

Por supuesto, en el libro, el amor (obsesión, realmente) de ambos nunca llega a materializarse. En cambio, viven vidas separadas, con Heathcliff teniendo un hijo con Isabella y Catherine falleciendo tras dar a luz a su hija. Ambos vástagos se casan entre sí y, por dicha unión, Heathcliff se adueña de Cumbres Borrascosas.

Pero no se preocupen: nada de esto ocurre en esta adaptación, con la directora, en cambio, dándole a Cathy y Heathcliff todas las oportunidades de unión carnal que Emily Brontë no les quiso conceder.

Somos introducidos a una visión de la sexualidad con chistes adolescentes y tomas tan largas y descaradas —manos jugando con yema de huevos, pan siendo amasado, la espalda de Jacob Elordi llena de cicatrices de látigo— que, lejos de evocar sensualidad, tanto la audiencia en el cine como yo estábamos muertos de la risa. El esfuerzo de una persona joven por querer evocar momentos sexys que resultan bochornosos me hace cuestionar si es un caso de millennial cringe o, simplemente, una parodia mal mercadeada.

Más allá de sus licencias creativas en la escritura, hay un problema de dirección inconsistente. La primera mitad de la película es plana y torpe, pero la segunda posee tomas con una dirección creativa más madura, vibrante y estética aunque, obviamente sin ningún tipo de rigor histórico. Y aunque esto podría considerarse una decisión creativa para reflejar la vida de Cathy antes y después de su matrimonio, el resultado es errático.

En cuanto a las actuaciones de los protagonistas, no hay mucho que decir, pues no hay mucho que hacer con el material que tanto Robbie como Elordi tenían. Ambos han entregado actuaciones conmovedoras en otros proyectos (pienso en Margot Robbie en I, Tonya y en Jacob Elordi como la enternecedora Criatura de Frankenstein), pero la situación en la que están es tan absurda que distrae de toda seriedad que pudo haber tenido este proyecto.

Se puede decir que ambos cumplen, con Robbie dando una Catherine caprichosa y malcriada, y un Heathcliff taciturno que carece de la crueldad que lo caracterizaba, reemplazándola únicamente por un sadismo sexual barato dirigido exclusivamente a su esposa. Una especie de Christian Grey de Televisa.

El personaje de Isabella es extraño. Su inocencia y su relación con Edgar son llevadas a un plano caricaturesco (sin dar risa), y su obsesión por Catherine, junto a su relación sadomasoquista con Heathcliff… me hacen sospechar que el personaje es un self insert de la directora.

El caso de Nelly, quien originalmente era la nana de Cathy y la narradora de toda la novela, se transformó en una dama de compañía bastarda de un lord, cuyas acciones son movidas por la envidia y el qué dirán. La interpretación de Hong Chau (The Menu, The Whale) es un ancla en medio del circo que ocurre a su alrededor.

Finalmente, me parece que Shazad Latif es el personaje más normal dentro del elenco, quizá porque el suyo era el que poseía menos características que pudieran ser exageradas.

Sin embargo, una vez retirados los aspectos románticos y sexuales, hay un tema que, sin importar la masacre artística, no deja de sobresalir: la obsesión de sus protagonistas, no romántica, sino como figuras de deseo dispuestas a hacer cualquier cosa por ser poseídos el uno por el otro.

Lo triste es que esta sea vista en 2025 desde la perspectiva de alguien aparentemente obsesionado con construir tensión sexual sin poder lograr una sola toma sexy. Pero igual, resulta fascinante cómo pese a todo, este tema continúa brillando.

Al final del día, Wuthering Heights es una adaptación muy libre, creada con el propósito de hacer la mayor cantidad de escenas con Heathcliff y Cathy sosteniendo relaciones de las formas más bochornosas posibles. Y, de alguna forma, la directora consiguió el dinero y a dos estrellas de cine para hacerlo. Hay una lección en algún lado. Solo no sé cuál.

Veredicto

“Wuthering Heights” así, con comillas, es producto de una generación que, obsesionada con la nostalgia entre reboots y secuelas, inaugura el género de adaptaciones basadas en “vibes”. Es un fanfiction millonario que idealiza un sentimiento adolescente. Lo único que podemos esperar, es que no siente un precedente.

5 / 10